martes, 10 de marzo de 2015

Cabo Pulmo, una perla negra entre la maldición y el deseo



Una tierra ignorada del mundo hace un siglo, alimentó a perleros y tiburoneros, y hoy vive en medio de presiones económicas que quieren aprovechar el privilegio de su barrera coralina.

Agustín del Castillo / Baja California Sur. MILENIO JALISCO 

De estas aguas han salido algunas de las perlas más famosas del mundo, y su extracción constituyó desde tiempos precortesianos una de las actividades más prósperas, en un territorio que permaneció remoto hasta hace solo unos décadas.

Don Juan Castro Montaño habla de una legendaria joya negra de gran tamaño, que hoy es parte del  tesoro de la reina de Inglaterra, y que habría sido pescada en estas aguas. Cabo Pulmo se ve ahora en el espejo de esa esfera negra y brillosa, que remite a belleza, pero sobre todo, a avaricia: el deseo incontenible de usufructo sobre sus playas, su arrecife coralino, sus ostras perlíferas y sus tiburones han marcado el último siglo aquí, en el extremo sur de la península.

Como una suerte de maldición. Los buzos llegaban sin mayores herramientas que sus manos y sus pulmones, y se hundían codiciosos en las aguas en busca de las ostras; luego eran los escualos, cazados sin piedad en busca de su aleta dorsal o de su hígado: el saqueo de estos depredadores los redujo dramáticamente. Entonces comenzaron a  llegar turistas y los pescadores se dieron cuenta que sus peces y corales valían más vivos que muertos. Se abrió paso a una de las reservas marinas más importantes de México, pero eso no contuvo la búsqueda de “perlas” abstractas, los negocios multimillonarios del turismo que condenarían a la milenaria barrera coralina a desaparecer.

Son los casos de Cabo Cortés, promovido con capital español y suspendido en 2011, y de Cabo Dorado, con capitales de Estados Unidos y China, retirado del proceso de manifestación de impacto ambiental hace menos de un año, en mayo de 2014.

“El problema es el tamaño del desarrollo, no tanto el desarrollo en sí mismo; pedían hacer más habitaciones de las que hay en Cabo San Lucas y San José, en Los Cabos, pero en un área mucho más pequeña, lo cual implicaba una presión enorme; para que se den una idea, ahorita la cantidad de buzos en Cabo Pulmoes de cuatro mil a cinco mil por año, y si hacían ese desarrollo la carga iba a subir hasta cuatro mil buzos pero en un solo día, como pasa en Cozumel, y era imposible que el sistema ecológico pudiera manejar esta presión; y si a esto le sumas la pesca deportiva, las fugas que puede haber de gasolina, y los desechos, estamos hablando de que el problema no es que hubiera un desarrollo, sino que era un desarrollo tremendamente violento para el ambiente”, advierte el investigador de la Universidad Autónoma de Baja California, Héctor Reyes Bonilla.

Dos embates que han sido resistidos con éxito gracias al respaldo de agrupaciones internacionales que ejercen lobby por la ecología en muchos gobiernos, pero los ambientalistas saben que en ese tema, todos los éxitos son provisionales: el gran terreno contiguo a la aldea de pescadores permanece enmallado entre la breña, los arenales y los cactus del desierto, con letreros de propiedad privada, en espera de mejores tiempos para hacer realidad sus “sueños dorados”.

LOS VIEJOS COLONOS
Juan Castro Montaño nació hace 69 años en lo que era un pueblo casi ignoto, si no fuera porque los perleros lo tenían perfectamente ubicado en el mapa. Su padre era pescador, agricultor y ganadero, según la oportunidad. El poblado más cercano era La Ribera, a no menos de dos horas a caballo (hoy se hacen 25 minutos en auto). “A pie cruzaban la sierra, o a caballo, o en mulas se llevaba el pescado seco a vender o a cambiar en las tiendas de abarrotes, en Miraflores, era un callejón en el trasmonte, que cruzaba la sierra para el otro lado”.

Su padre era Jesús Castro Fiol, y asegura su descendiente que esos apellidos eran postizos, porque a su vez, su padre había sido un bucanero inglés, mientras por el lado de la madre, su hermana María, de 80 años, asegura que traen sangre india.

Jesús era “ahijado” de María V. Montaño –nunca han descifrado esa letra misteriosa, podría ser de Victoria, pero no lo asegura-, por concesión del gobierno de Porfirio Díaz, “fundadora y dueña absoluta de Cabo Pulmo”, señala el pescador.

“Era  una señorita que nunca quiso casarse, y a ella le venían a comprar perlas desde Francia,  tenía equipos de buceo ”.Don Jesús murió hace ocho años, de 107 de edad, y le tocó vivir la revolución con su tutora, quien apeló a la astucia para no ser atacada por las gavillas rivales, e incluso protegió a un general que con el tiempo formaría una familia de políticos influyente:  Félix Ortega.

Tras la pacificación se reabrió la pesca de la madre perla, “había terregales de conchas muertas, ya abiertas, en las playas, donde quiera hacían cerros de conchas, le pegaban muy duro;  me platicó mi papá que aquí estaba lleno de embarcaciones, como una fiebre de oro, con personas de muchos rumbos […] mi papá era un gran buzo, se metía en calzones y con una estaca de acero para tumbar la concha desde abajo, tenía mucha resistencia”.

En los años 40 en que nació Juan, había cinco familias en el pueblo. Luego, con el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines y la “marcha al mar”, comenzaron a llegar migrantes. “Cuando comenzó a llegar gente de fuera fue cuando se abrieron las tierras agrícolas del valle de Santo Domingo, en el gobierno del general Agustín Olachea, muchísima gente”. Se fue terminando la apacible vida campirana.

“No le hace que estábamos en la más extrema pobreza, porque éramos felices y vivíamos tranquilos; ahora hemos sido gente muy golpeada por parte del poderío [sic], que se ha querido apoderar de Cabo Pulmo, y no tengo miedo a decirlo: una mafia de ladrones se han repartido estos predioshaciendo documentaciones por debajo del agua, apoyados por el tradicional soborno, pero los auténticos dueños somos nosotros; hasta la fecha hay juicios, en que se nos enjuicia a nosotros como invasores, y de hecho hay un gringo que me demandó, acusándome de que le invadí un terreno, cuando tengo aquí toda la vida”.

La propiedad de los Castro deriva de los títulos concedidos a María V. Montaño, quien le dejó al padre de Juan las tierras; su abogado –hijo del general Ortega- aconsejó la vía de la prescripción y se les entregó el predio en los años 50. ¿Cómo fueron invadidos? “Nosotros pescábamos langosta en el Pacífico, allá por Magdalena, nos íbamos seis meses; los invasores se aprovecharon de eso  y cuando regresamos ya se habían repartido todo el queso”. En la repartición “aparece incluso un funcionario agrario”, advierte.

Comenzaron los tiempos de los tiburoneros, el auge comercial del órgano hepático. “El que tenía más posibilidades de tener un hígado de buen valor era el tiburón martillo, y el gambuso;  el hígado entre más flaco más precio tenía […] así se ha puesto en peligro de extinción en los últimos años, porque se ha descosido la pesca en alta mar, los japoneses y coreanos se los estaban acabando, recordemos que todas eran aguas internacionales hasta que en 1972, el presidente Echeverría hizo el cambio para nuestro mar territorial”.

Uno de los limitantes a que esa industria pesquera local creciera era la falta de energía eléctrica. Como en Macondo, los moradores de Cabo Pulmo conocieron el hielo ya al final de los 60, cuando llegaban compradores de pescado en trocas “llenas de hielo para comprar pargo,mero,garropa, cabrilla”. Los permisos abundaron, y con ellos el clandestinaje, ya en los años setenta. Juan le entró alegremente a la depredación.

Pero tuvo una revelación tipo San Pablo rumbo a Damasco. Un día lo contrataron unos turistas, le pagaron bien, le pidieron los llevara al arrecife, se sumergieron, tomaron fotos y se regresaron. Una buena cantidad de dólares. Tras varios viajes, tuvo por fin la curiosidad de asomarse con el visor que había dejado un cliente.

“El día estaba calmo, no corría una brisa de aire ni había corriente, y me dije, me voy a asomar para ver a qué le toman fotos […] ahí  me cayó el veinte, me dolió ver tanta destrucción del coral, pero también vi que lo que no estaba destruido era hermoso, y me dije: y pensar que nosotros lo estamos destruyendo…”.

Juan fue conquistado para la conservación. Corrían los años 80 y el futuro todavía no se veía  tan sombrío. Pasaron casi diez para que el presidente Zedillo decretara el parque marino, quince para que se conociera el problema de la extinción coralina, 20 para que llegara Cabo Cortés.  ¿El amargo sabor de la belleza?
“-Esto es algo maldito --gritó con frenesí-. ¡Esta perla es pecado! Nos destruirá -y su voz tenía registros muy agudos---. Tírala, Kino, o déjame romperla entre dos piedras. Enterrémosla y olvidemos el sitio. Devuélvela al mar. Nos ha traído el mal. Kino, esposo mío, nos destruirá…”
(John Steinbeck, La Perla).



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Claves

LA PERLA

La Reina Isabel II de Inglaterra llegó a La Paz, Baja California Sur, y fue recibida por Alberto Andrés Alvarado Arámburo, entonces gobernador, el 22 de febrero de 1983

En su espléndido yate “Isabel II visita la Isla de Cerralvo para maravillarse con la cantidad de conchas que allí existen y confirmar, que, efectivamente, esa perla tan grande como el huevo de una paloma, tan grande como un limón, fue encontrada precisamente en las aguas del Mar de Cortés”

“The Great Lemon” habría sido pescada en Cerralvo el 10 de Agosto de 1883. Pero hay historias paralelas y los oriundos de Cabo Pulmo la reivindican. Forma parte de los tesoros reales.

Fuente:http://vamonosalbable.blogspot.mx/2009/02/una-perla-del-mar-de-cortes-que-llego.html

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