miércoles, 12 de abril de 2017

Las niñas, envueltas en una rebelión matriarcal



El papel de la mujer fue decisivo en los modos del alzamiento de los cristeros, pero las infantes debieron hacer frente a un desafío para el que no estaban preparadas (II de V partes).

Agustín del Castillo / Guadalajara. MILENIO JALISCO. 

Narcisa Olivares García ya estaba en la adolescencia cuando estalló la guerra de los cristeros. Y no olvida la primera de las reconcentraciones ordenadas por el gobierno federal, que al despoblar ranchos y caseríos buscaba cortar las fuentes de abasto de víveres y pertrechos de los rebeldes alteños. Debieron caminar del rancho en que nacieron, Rincón de los Chávez, para llegar a San Miguel el Alto

"Estaba entre los huizaches y nopales, yo tenía a mis pollitos y me los traje porque dije, se me van a quedar mis animales; pero en el camino se me soltaron y ahí estaba yo corriendo entre los huizaches, a más de uno me traje [...] yo tenía 14 años; éramos seis de familia, mi madre era como una gallina con pollos, Luz era la mayor y los otros más chiquitos, nos venimos al pueblo y ya no nos salimos, porque mi madre ya estaba viuda y sólo podía trabajar aquí para mantenernos", señala la anciana, cansada pero lúcida, sentada en el patio de su casa, una finca típica de arcos y cantera rosada, piso fracturado, puertas interiores de metal, muebles macizos y viejos, y un portón de madera un tanto envejecida que da a la calle empedrada.

San Miguel el Alto tiene aspecto de señorona arruinada que seguro es el secreto de su belleza crepuscular. Es fuente imaginaria de un mundo que desaparece velozmente mientras se van las últimas generaciones que vivieron la guerra entre los católicos y el Estado revolucionario por asuntos de libertad de cultos para unos, y de acotamiento del espacio sagrado y político de una religión que había sido casi monolítica para la región desde el siglo XVI, para los otros. Una causa que hoy quizás suene incomprensible: aunque el catolicismo mantiene su hegemonía, esta se encuentra silenciosamente condicionada, quebrada, por un espacio laico y profano cada vez más amplio y natural para los descendientes de los guerrilleros de Cristo Rey.

San Miguel era un poblado muy transitado, pero que los oponentes permitieron prosperar en medio del caos, como una especie de territorio neutral en el que deambulaban federales y alzados sin afectar las vidas locales. "Aquí venían unos y se iban, luego llegaban otros y se iban también; aquí no hubo guerra, nomás con Villa y Carranza...".

- ¿Y los sacerdotes eran perdonados o debían cuidarse?
- Ah no, a ellos los mataban; en el periódico todo eso se dice, mataban a los sacerdotes, había sacerdotes en las casas; un señor que se llamaba Donaciano tenía a dos sacerdotes escondidos, pero no salían; ahí bautizaban niños, y se juntaba la gente, pero todo muy secreto [...] yo me casé en una casa donde había sacerdotes; ese día hubo tres matrimonios, un hijo del señor Donaciano, y yo, y otra pareja; seguido se casaban, pero era todo a escondidas.
- ¿Por qué fue esta guerra?
- Pos fue porque el presidente de México no quería que hubiera religión, ese fue el motivo.



Guerra matriarcal

Juan Rulfo, el celebérrimo autor de Pedro Páramo que alcanza este año un siglo de su nacimiento, vivió en su tierra natal, el sur de Jalisco, la misma realidad de católicos alzados y un gobierno que trataba de controlar por la vía de las armas el desafío a su autoridad. En 1977, en entrevista para la Radio y Televisión Española, destacó el enorme papel subterráneo de las mujeres para alimentar la insurgencia.

"Esta rebelión tiene un origen más bien matriarcal. El fenómeno curioso fue que las mujeres fueron quienes hicieron la Revolución Cristera. Porque el decirle a un hermano, a un esposo o a un hijo 'no eres hombre si no te vas pelear por Dios, por la causa de Dios', pues era una ofensa muy grande, ¿no? Entonces se levantaron todos en armas" (http://www.rtve.es/noticias/20120419/juan-rulfo-testigo-victima-cristiada/517301.shtml).

"...el hogar, la escuela y la Iglesia, en el marco de los ataques anticlericales del Estado laico, se convirtieron en los tres reductos sociales que al estar estrechamente ligados con el mundo de la mujer, se sentían amenazados por el laicismo. Sin duda, ello explica por qué en los primeros intentos de aplicar vigorosamente la Ley Calles en 1926, fueron las mujeres quienes reaccionaron con mayor violencia para defender a los clérigos de la vigilancia impuesta para que la Constitución en materia de cultos se aplicara. Las mujeres se amotinaban bravíamente para defender su templo, llegando incluso a la barbarie, como fueron los casos de la defensa del templo de la Capilla de Jesús, en que un grupo de mujeres rodeó al jefe de las Comisiones de Seguridad y, al no lograr hacerlo exclamar por la fuerza 'Viva Cristo Rey', lo apedrearon de manera salvaje; o el conocido caso del Santuario de Guadalupe, en el que una mujer considerada como Juana de Arco apuñaló al oficial de mando que intentaba entrar en el templo. La sumisión característica de las mujeres dio paso a la violencia más encarnizada", advierte la historiadora Renee de la Torre (ver http://148.202.18.157/sitios/publicacionesite/pperiod/laventan/Ventana9/ventana9-8Renee.pdf).

Pero no se trata solamente de empujar a los hombres indecisos, también participaron en redes de solidaridad que se extendieron hasta las ciudades para garantizar víveres y pertrechos a los hombres.

Obviamente, por generación, esas mujeres ya han desaparecido, y solamente quedan las que eran pequeñas en medio de estos acontecimientos. Doña Narcisa recuerda emocionada el día que Victoriano Ramírez, el temido El Catorce, entró a San Miguel y la subió a su caballo. Sus nietas aseguran que la belleza de la abuela era ya célebre en el pueblo, y buscan entre los cajones de sus cómodas un retrato juvenil que acredite su aseveración.

"A él lo quería la gente. Él se venía por el camino de San Julián, con cantidad de gente, formados, y la señorita de la escuela y los profesores salían al encuentro, a encontrarlo entre los arbustitos [...] la última vez que lo vimos iba con un padre, se lo llevaron a Tepatitlán con mucha gente, y ahí lo mataron, fue por envidia", refiere.



La centenaria escarba en sus recuerdos: El Catorce "era amigo de mi padre, yo estaba chica, llegaba y me preguntaba, donde está tu papa, lo buscaba, luego regresaban a la casa a platicar [...] mi papá murió antes, pero el señor siempre nos vio bien".

- ¿Cómo se vivió en esos tiempos de la guerra?
- Pos aquí batallando, no daban terrenos, por la guerra, por la necesidad, pero uno no se murió. Y hasta eso no nos faltaba que comer porque mi padre tenía muchas amistades que venían y nos daban.

- Eran tiempos en que ser mujer era más difícil que ahora...

- No había escuela, y no dejaban, si era mujer una estudiaba el catecismo, pero tenias que esconderlo, porque si llegaban y hallaban cosas así, era mala la gente, a una persona le quemaron la casa por eso, en la Cristiada ya no se permitía estudiar ni el catecismo, no querían que hubiera religión. Hubo un lugar en que llegaron [los federales], estaban en misa y los balearon, en el templo, y murieron criaturas y todos los que estaban en misa, sabe Dios en qué rancho sería; después un profesor nos decía que los federales estaban bombardeando Unión de San Antonio. Hicieron un corrido (canta unas estrofas).

Además de la guerra, la pobreza era general. Los ricos habían huído a Guadalajara, y el marido de Narcisa, José Gutiérrez Pérez, "se fue joven, una sola vez, a Estados Unidos, y después, trabajaba su yunta, y levantaba su maíz y frijol y todo; había quien daba terrenos, a medias". La renta consistía en prestar el predio y recibir a cambio la mitad de la cosecha, por eso les llamaban medieros.

Tras la firma de la paz, hubo que subir la cuesta de la miseria de los años de excepción. Don José prosperó con trabajo arduo, comprando y comerciando bovinos, "se iba a México y a San Francisco [del Rincón] caminando. Uno de sus hijos lo acompañaba. "Se iban en huaraches, caminando, con todo el ganado".



La vida de los Gutiérrez Olivares transcurrió entre una peligrosa boda religiosa, allá por 1929, y una boda civil por mero interés como medio siglo después, cuando los alertaron sobre el problema de transmitir herencias. Doña Narcisa tiene más de dos décadas sola, y ha visto morir a siete de sus diez hijos, aunque la prole creció considerablemente.

¿Cuántos hijos, cuántos nietos y bisnietos? "Es que es medio peligroso por sus hijos, que tuvieron muchas mujeres y son varias ramas; si el día de sus 100  años hubo 400 personas, y eran pura familia, y hasta hubo muchos ofendidos porque no sabíamos que existían", acota la nieta, Dulce María.

Doña Narcisa ha sido una mujer enérgica y ha mantenido unida a su enorme familia. Es que las mujeres alteñas son de carácter, desmentido en esa breve humanidad de piel blanca, surcada por arrugas y un par de ojos que a veces brillan. Aún hoy se atiende sola, con 106 años a cuestas, y 20 de una artritis que no le quita sus momentos de feliz y solitaria contemplación, en medio de ese patio lleno de macetas en el que forjó una herencia que resiste al tiempo.

---------------------------------------------------------------------------

Claves

El papel femenino

"Ellas eran las que obligaban a los hombres a cargar con sus responsabilidades, avergonzándolos. En efecto, por encima de las apariencias es el sistema matriarcal el que reina en todo el "Bajío Real", en Jalisco, Zacatecas y Michoacán. En esta tierra de machos el hombre casado sigue obedeciendo a su madre y no toca los bienes de su mujer; ¿no será el machismo la expresión de este complejo maternal, destinado a contrapesar este estado de infancia eterna?"

"Existe obediencia efectiva del hombre y no sólo respeto exterior. La peor ofensa es decir a uno que no es un hombre o, lo que es lo mismo, mandarlo a chingar a su madre. Ahora bien, en 1926 la mujer le dice a un hombre que no es un hombre desde el momento que acepta tal atrocidad. La hermana le dice a su hermano de 15 años que no vale lo que "los defensores de la Causa de Dios" y así, no pocos pueblos quedaron prácticamente sin hombres, en tanto que las mujeres trabajaban la tierra para alimentar a los combatientes o los seguían a la montaña. Esta mezcla de fe y de altivez en los dos sexos fue uno de los factores de la explosión"

Jean Meyer, La Cristiada. Tomo III. Los Cristeros

"Sin la mujer no hubiera existido la Cristiada. Primero, porque las familias de los cristeros colaboraban dándoles de comer; un cristero en todos lados tenía un taco de frijoles. En segundo lugar está la fundación de las brigadas «Juana de Arco» que llegaron a tener 25 mil mujeres de 15 a 25 años. Su fin era conseguir el parque. Se escondían las balas en los corsés. Atendían los hospitales cristeros instalados en cuevas. Los animaban a seguir luchando cuando los sentían flaquear".

María Cristina Ponce Pino-Suárez, historiadora (en http://www.elobservadorenlinea.com/web/content/view/3665/1/).

SRN


No hay comentarios: