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martes, 12 de junio de 2018
La extinción de especies, al alza, advierte experto
La destrucción de plantas y animales no es reversible y se acelera ante la falta de políticas y acciones suficientes en el país, señala Gerardo Ceballos de la UNAM.
Agustín del Castillo / Cancún, Q Roo. MILENIO JALISCO.
Dice el historiador de las ideas Peter Watson, en La gran divergencia (Crítica, 2012), que la humanidad actual rozó la extinción alrededor de 70 mil años antes de Cristo, con la gran explosión del Toba, un supervolcán del archipiélago indonesio cuya actividad sumió al mundo, por décadas, en la oscuridad, tal como dice el relato bíblico de la creación. La “huida” del Sol trajo el declive de millones de plantas y la quiebra de cadenas alimenticias completas. Y murieron de siete a nueve de cada diez Homo sapiens sapiens, que se encontraban en fase de expansión, desde África, hacia la conquista del mundo.
Una de las evidencias científicas de ese desastre, más allá del estudio de yacimientos geológicos y fósiles, es indirecta: el notable divulgador científico señala la baja variabilidad genética de la especie humana, pues con una base muy corta, la de los escasos supervivientes de ese caos memorable, volvió a prosperar. Era un hombre ligado a la naturaleza, que dependía de los ciclos biológicos para proveerse de animales y plantas para comer, cubrirse y defenderse.
Esto hace que dos humanos aparentemente separados por océanos de tiempo, espacio y apariencia física, como los aborígenes yanomame de la selva venezolana y los rubios descendientes de vikingos en Noruega, no tengan más diferencia que accidentes como el color de la piel y el tamaño.
Ironías de la historia natural: estos hijos de la Tierra, que pudieron desaparecer sin dejar gran huella por una catástrofe volcánica, han detonado hoy la que es la sexta extinción masiva en los 4,500 millones de años del planeta. El investigador de la UNAM, uno de los más reconocidos ecólogos de México, Gerardo Ceballos, al inaugurar el Simposio Internacional de Ecología y Conservación del Jaguar y otros Felinos del Neotrópico, en Cancún, al norte de la península de Yucatán, destacó la gravedad del proceso:
Esta extinción se distingue de las cinco anteriores por dos detalles esenciales, la primera es que la velocidad de desaparición de formas de vida es 280 tantos mayor al ritmo de extinción “natural”; la segunda es justamente la causa: no es en esta ocasión directamente un cataclismo geológico, un objeto extraterrestre de grandes dimensiones como el meteorito de Chicxulub, en esta misma región, o un cambio abrupto de temperatura por intensificación de la actividad volcánica. La causa es hoy, una sola especie, y su talento destructivo.
“Vivimos inmersos en otros problemas como la desigualdad, la pobreza, el cambio climático, el deterioro de la capa de ozono; y por allí llegamos a la pérdida de la diversidad biológica. A diferencia de casi todos los demás asuntos, la pérdida de la riqueza biológica es un problema irreversible: con suficiente tiempo podríamos recuperar el clima, podríamos recuperar los suelos dela contaminación, podríamos limpiar el océano; pero una vez que se extingue una especie, se extingue para siempre”, dijo en la ponencia magistral con que dio inicio el encuentro.
“Cuando una especie muere, un mundo termina; en ese sentido, la crisis de la extinción que se ha dado en los últimos años, no solamente nos tendríamos que poner revisar lo que está pasando con las especies en peligro, sino con las poblaciones; de ahí lo relevante de este proyecto, de este trabajo que hacemos en conjunto: si se acaban los jaguares en México, no importa que haya jaguares en Brasil, o en Perú, porque el papel que jugaban los jaguares en las estructura ecológica de este país, regional y nacionalmente se pierde; es decir, las extinciones locales, son un impacto en la función de los ecosistemas, por un lado, y en la producción de los servicios ambientales; por eso es tan importante que trabajemos juntos para atacar este grave flagelo…”, ponderó.
Lo que hasta ahora ha documentado la evidencia científica, sólo permite hablar de un planeta vivo en la miríada de estrellas que conforman el universo. “Solamente en este planeta tenemos la capacidad de tener vida, y esta increíble diversidad biológica sigue aumentando su registro: cada año tenemos nuevas especies descubiertas, 10 por ciento de todos los mamíferos, incluyendo ballenas, se han descubierto apenas en la última década, y si eso está ocurriendo con mamíferos, imagínense qué está ocurriendo con animales más pequeños, con plantas; se calcula que puede haber entre cinco y 50 millones de especies en la tierra, y apenas se han descrito 2 millones, es decir, conocemos muy poquito”.
Eso es suficiente para afirmar que “vivimos en la época de mayor diversidad biológica de toda la historia de la Tierra; es decir, un problema de extinción de especies, global, como el que estamos enfrentando, nunca tendría el impacto que en este momento, porque nunca había habido tantas especies de fauna y flora […] son especies que nos han acompañado a lo largo de la travesía como seres humanos, desde los primeros ancestros hace tres millones de años, y están en peligro básicamente por acciones del ser humano, por las acciones de nosotros, y esa es una mala noticia; la buena noticia es que por ser acciones humanas, tenemos la posibilidad de salvarlas, si hacemos los cambios necesarios para ello”.
La evolución de la norma oficial NOM-059-SEMARNAT-2010, que es el listado oficial de especies bajo alguna modalidad del riesgo de las que existen en el país, es la mejor prueba de que el proceso sigue en crecimiento.
Las especies en peligro de extinción en México aumentaron 25 por ciento en la NOM-059-SEMARNAT-2010 en relación con la norma de 2001; entre una y otra hay 71 nuevas especies y subespecies en alguna categoría de riesgo. De este modo, había 2,560 especies y subespecies en 2001, y ahora están 2,631 especies. Hay un proceso de revisión de la norma, en marcha, que establecería a más especies dentro de alguna categoría. De este modo, 4 por ciento de las especies registradas en el país, uno de los cinco más diversos del planeta, estarían por desaparecer.
“La categoría de En Peligro de extinción fue la que más cambió pasando de 372 especies en 2001 a 500 especies en la reciente norma […] la única categoría de la nueva norma que disminuyó en cantidad fue la de Protección Especial pero esto fue debido a que las especies subieron a la categoría de Amenazadas, y las de ésta última categoría subieron a En Peligro”, señala un análisis de la organización ecologista Greenpeace.
Ceballos citó a la lista roja de la Unión Mundial de Conservación de la Naturaleza (UICN), en 500 años se extinguieron 114 especies de plantas, 78 de mamíferos, 138 de aves, 22 de reptiles, 39 de anfibios y 104 de peces. De este total, más de la quinta parte corresponde a la América Tropical. Ese proceso coincide con la revolución industrial, el ascenso global de las temperaturas promedio, la expansión de las especies exóticas y la deforestación. También es cierto que en toda la historia del hombre, nunca hubo menos selvas y bosques que ahora.
- ¿Se están haciendo las acciones necesarias para hacer frente al problema de la extinción de especies en México?
- Podemos decir que se ha trabajado mucho en México para hacer frente a este problema, pero mientras hemos ganado muchas batallas, puedo decir que seguimos perdiendo la guerra.
La naturaleza tuvo una segunda oportunidad de exterminar al hombre decenas de miles de años después de Toba. El final de las últimas glaciaciones, la invasión de millones de kilómetros de tierra firme por el mar en avanzada, dio pie, especula Watson, a los mitos del diluvio, entre 12 mil y diez mil años atrás de nuestro tiempo. Tampoco ocurrió. El Homo sapiens parece que labrará solo su ruina. Gerardo Ceballos espera que la autocrítica, el sentido ético, la sensatez, que son parte de la inteligencia humana, conjure la tercera gran amenaza. Pero eso deberá suceder ahora y en muchas partes. ¿En realidad eso está sucediendo?
Claves
Algunos datos alarmantes
La tasa de pérdida de ecosistemas en el planeta ronda por año 1 por ciento de las tierras emergidas, es decir, alrededor de millón y medio de kilómetros cuadrados, equivalentes a tres cuartos de la superficie de México o a la extensión total de Mongolia, tendencia que de seguir, sumado a la devastación planetaria previa, no permitiría más de medio siglo de vida como la conocemos actualmente, según datos del Programa del Secretariado del Convenio de Diversidad Biológica de las Naciones Unidas (ONU)
Jalisco está entre las seis entidades más ricas en formas de vida de México, cerca de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Veracruz y Michoacán. Con cerca de un tercio de los inventarios nacionales presentes en apenas 4 por ciento del territorio del país
Es difícil predecir los efectos de la desaparición de una especie. En el caso de México, con la pérdida del lobo mexicano, florecen otros depredadores menores como el coyote y los perros ferales, los cuales podrían atacar con más frecuencia al hombre y al ganado, además de hacerle competencia al lince. También aumenta la presión sobre poblaciones de otras especies silvestres, como venados, pecaríes, coaties, y conejos. Si hay menos herbívoros por el aumento de los nuevos depredadores, habrá más hierbas y material combustible, lo que puede favorecer incendios más continuos y más destructivos
Al agotarse las presas y ser perseguidos como parte de programas de erradicación de estos depredadores, sus poblaciones podrían colapsarse más adelante, pero como no podría haber migraciones de nuevos depredadores al cerrarse los corredores, en una segunda fase habría muy pocos depredadores; entonces, los pequeños herbívoros de alta tasa de reproducción florecerían rápidamente [ardillas, conejos y ratones]. Estos roedores podrían afectar las zonas de cultivo y zonas urbanas en las zonas aledañas. Su control podría hacerse utilizando pesticidas y venenos [para alcanzar resultados rápidos], lo cual integraría elementos tóxicos en el ecosistema, suelo y agua
Ejemplos de proliferación de herbívoros en áreas sin depredadores es Australia. Con la introducción de los conejos por los colonizadores europeos; actualmente controlar esta infestación le cuesta al gobierno de Australia entre 113 y 600 millones de dólares
En un estudio de biodiversidad marina, el profesor Robert Paine identificó especies que pueden ser calificadas como piedras angulares [keystone species] y que tienen una importancia formidable para el equilibrio ambiental, a pesar de que a primera instancia pudieran parecer sólo una especie más. En un experimento en la zona costera de Estados Unidos, Paine removió de una zona una especie de estrella de mar; resultó que esta especie era el único depredador de ciertos mejillones y erizos, los cuales al quedarse sin depredador, alguno proliferaron hasta que eliminaron las demás especies presentes, incluyendo los corales.
domingo, 25 de septiembre de 2011
Los amos del mar
La pesca marina y estuarina es controlada por dos empresas en la zona de Celestún; acaparamientos de permisos y sobreexplotación pegan a pescadores. Foto de arriba, mangle seco en la ría de la zona; abajo, el muelle de Celestún
Celestún, Yucatán. Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Edición del 25 de septiembre de 2011. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS
La debacle de las poblaciones de peces y crustáceos con valor comercial en el litoral de Celestún, muy similar al del resto de las costas mexicanas, no deriva solamente del cambio de las artes de pesca y de la presencia de lanchas de motor. Es un problema también de monopolios. En esta región, son dos los grupos que controlan casi todo el mar.
Hulkin SA de CV, con sede en Mérida, se especializa en productos del mar para la exportación a Estados Unidos y Japón; la Industrializadora de Pescados y Mariscos SA (Inpesmar), también enclavada en la capital yucateca, abastece de preferencia el mercado interno nacional. Ambas empresas controlan a los pescadores de Celestún, “es como en los taxis, ellos tienen los permisos y tú solamente puedes trabajar para ellos”, señala Heliodoro Méndez; “fue mi caso, yo tenía mi lancha de motor y los tuve que vender porque estaba obligado a venderles el producto a ellos al precio que les viniera en gana; ya no tienes más opción que trabajar para ellos”.
Don Helidoro Camaal reconoce que se ha sobreexplotado históricamente el mar de la región, pero con la presión de los intermediarios, los márgenes de ganancia son cada vez menores, y aunado a la crisis económica, muchos habitantes de la región se internan al mar en busca de escasas cosechas.
“Antes, de aquí a dos o tres brazas de agua te traías como 200 kilos de pescado; ahora, te metes a 50 millas y a veces no traes ni para el gasto”, explica.
El fenómeno no es casual ni limitado a esta región. “A partir del año 2000 el sector pesquero se enfrenta a una desorganización sin precedentes a causa de problemas de financiamiento, corrupción y manipulación política […] esto lleva a un claro rumbo de privatización del sector, sobre todo, cuando ya en 1992 se había modificado el artículo 27 constitucional liberando las siete especies reservadas al sector cooperativo. En el caso de Yucatán, estas especies reservadas se concentraban en la langosta, el camarón y el caracol, las cuales constituían la razón de ser de las cooperativas dedicadas a la explotación comercial. Además, en ese mismo año de 1992 se observa una reducción del personal asignado al sector pesquero en el estado de Yucatán, y un fortalecimiento del sector privado que ofrece empleo a la población campesina inmigrante y pone en desventaja a los pescadores tradicionales respecto al pago de su fuerza de trabajo”, señalan Julia Fraga, Silvia Salas y Guadalupe Mexicano-Cíntora (La pesca en Yucatán: De la abundancia a la escasez, a la fragilidad de las estructuras institucionales, 2008).
Los investigadores señalan que en 2004 se reportaron en la costa yucateca 1,338 permisos de pesca concentrados en 188 permisionarios, lo que demuestra el acaparamiento.
“Cada permiso de pesca podía amparar desde una hasta una docena de embarcaciones. En la práctica, un permisionario no registra a su nombre todas las embarcaciones que maneja para no declarar la cantidad de medios de producción que en realidad posee […] por ejemplo, un permisionario que tiene 143 embarcaciones registradas a su nombre, contrata a siete personas o patrones que se responsabilizan cada uno de catoce lanchas; cada patrón le asigna tres o cuatro embarcaciones a otra persona; y éste a su vez consigue a dos pescadores para salir a la faena de pesca. Estos pescadores directos entregan el producto a una bodega menor; la bodega menor a otra mayor; y ésta a la bodega matriz en Mérida o en Progreso desde donde se exporta el producto”.
Estas condiciones “reducen los pagos de derecho por permiso, haciendo atractiva la introducción de embarcaciones sin control”.
La captura incluye más de 100 especies, entre peces, crustáceos y moluscos, pero sólo 24 aportan los mayores volúmenes. La captura de 2006 en Yucatán fue de 25.5 mil toneladas, 38% menos que en 1994. “Sin embargo, la presión pesquera se encuentra principalmente en la franja ribereña, dirigida a dos o tres especies de alto valor comercial […] el pulpo (Octopus maya y O. vulgaris), el mero (Ephiphenus sp) y en la langosta (Panulirus argus). El mero y el pulpo aportan el 60 por ciento de las capturas y la langosta el 30 por ciento de las divisas”.
La concentración de la ganancia en pocas manos, los bancos sobreexplotados y la sobrepoblación lleva a muchos, así, a altamar. Allí muchos se pierden para siempre, como el pasó al hijo de doña Ignacia Osorio, Gabriel Pol, quien tiene ocho años desaparecido tras salir a pescar. “La pesca ya no da, se necesita buscar otras opciones para salir adelante”, señala José Isaías Uhcanul, morador de Celestún.
En el corazón de las tinieblas
Calakmul, uno de los grandes descubrimientos del siglo XX, estuvo ausente de la historiografía maya hasta 1980. La selva de los Kaan fue de los últimos territorios colonizados en México.
Calakmul, Campeche. Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Edición del 22 de septiembre de 2011. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS
La niebla del misterio ha cubierto por siglos estas selvas aún inmensas, hogar de mitos y consejas inmemoriales, de animales fantásticos y fieras, de criminales y fantasmas.
Estos vapores de encantamiento son hoy progresivamente dispersados con la claridad rutinaria de la luz eléctrica o la pestilencia de las lámparas de petróleo; el rumor ensordecedor e incansable de las motoconformadoras y las palas mecánicas; la dureza del chapopote y la violencia de los rifles. La bruma ya fue profanada.
Apenas en 1940 comenzó la colonización verdadera de Calakmul, tras el descubrimiento espectacular por el estadounidense Cyrus Longworth Lundell de la gran ciudad maya, el 30 de diciembre de 1931, guiado por Jesús García, capataz de chicleros (ver Proyecto Calakmul, de William J. Folan).
El nombre parece un capricho, pero lo eligió el propio Longworth, al reparar en dos pirámides que sobresalían. Ca significa dos en maya; Lak, adyacente, y Mul, montículo artificial o pirámide: “Ciudad de las dos pirámides adyacentes”.
La primera expedición formal es de abril de 1932, financiada por el Carnegie Institute de Washington, bajo la batuta de Sylvanus G. Morley. Pero la historiografía maya no tomaría en cuenta el papel protagónico de Calakmul sino en los años 80 del siglo XX, cuando empresas arqueológicas mexicanas (capitaneadas por el propio Folan) regresaron al sitio abandonado mientras los laboriosos colonos ya tocaban a la puerta con la tala excesiva de maderas preciosas, la persistencia de la extracción de la resina del chicozapote y las expediciones de cazadores de jaguares, monos y águilas harpías.
Ahora se sabe que Calakmul fue cabeza de un imperio llamado Kaan o de la serpiente, que estuvo en guerra con la guatemalteca Tikal, y que ese conflicto es la clave de la debacle de esta cultura en el siglo VIII de la era cristiana. Se debió reescribir la historia precolombina.
Al mismo tiempo, se acentuó la lucha por la conservación del patrimonio biológico, pues la colonización intensiva había llevado a cientos de solicitantes de tierras a penetrar la floresta y destruirla con usos y costumbres ajenos a la fragilidad del trópico.
“Al tigre (jaguar) se lo echaban porque decían que comía gente; muchos lo mataban, le quitaban los colmillos y la piel y la guardaban. Recuerdo que mi papá tenía bastantes pieles de venado, las trataba con sal y quedaban tiesas; otro señor trataba pieles de lagarto, pero había un tráfico con las del tigre y otros felinos”, señala Santiago Pérez Oy, de Zoh Laguna.
Los colonos enfrentaron otro factor que era secreto del aislamiento centenario: los huracanes. “Ha sido una constante desde la época prehispánica, con las implicaciones de interrupción de los ciclos de sucesión ecológica y de la estabilidad de los asentamientos humanos [...] entre 1871 y 1990 cerca [sic] de catorce tormentas ciclónicas mayores han afectado el área con intervalos aproximados de 8.5 años” (Programa de manejo de Calakmul, 1999).
La presencia de una política formal de protección por parte del gobierno federal, a través de la reserva de la biosfera federal, y del estado de Campeche, que ampara las selvas de Balamkú y Balamkim, abonan hoy en una difícil y precaria coexistencia.
Esto permite aún avistar fenómenos extraordinarios como la migración diaria de los murciélagos del “volcán” de Balamkú: los viajeros llegan al anochecer de un día primaveral, cuando comienzan a revolotear los pequeños mamíferos en la parte baja de una cueva. En un momento cae la oscuridad, y comienza lento un remolino.
Cientos, luego miles, luego decenas de miles de quirópteros, cada vez más rápido, danzan en círculos y se elevan unos 25 metros, arriba del dosel de la selva. Entonces salen como erupción en busca de alimento, pero no todos regresarán: en los primeros instantes, un búho salta de una rama y pesca implacable su presa.
El torrente se intensifica y oscurece parcialmente el cielo estrellado. Miguel, el guía, calcula que dos millones de seres alados se dispersarán sobre miles de hectáreas de la selva maya antes de regresar, al alba. Lo que no sabe es si esta explosión de vida y muerte ha de sobrevivir a los tiempos de los hombres.
jueves, 22 de septiembre de 2011
Calakmul, la salvación de la selva
La mayor reserva tropical de México, enclavada en un deslumbrante reino maya extinto, y designada “patrimonio de la humanidad” en 2002, es parte de un proyecto para mantener al segundo mayor macizo de bosques tropicales de América
Calakmul, Campeche. Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Edición del 18 de septiembre de 2011. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS
La tarde declina cuando los viajeros arriban a la gran planicie sobre la que se asienta la capital del reino de la Serpiente (Kaan en protomaya), hoy reducida a unas ruinas gigantescas llamadas Calakmul, devoradas por una selva milenaria y multicolor que se extiende por todo el horizonte.
Calakmul tuvo como primer gobernante un “Creador del Cielo” y en los tiempos de su cruento enfrentamiento con Tikal, fue presidida por un “Testigo” del mismo empíreo (griego, empyrios, “en fuego”). No parece gratuito que la metrópolis quisiera ser dueña del mundo.
En unos minutos, el sol se ha puesto y la noche invade la atmósfera sofocante. Entonces, el fuego del cielo se enciende. Surge primero una nerviosa traza luminosa que agrieta la bóveda despejada. Se extingue pronto, pero en otro rincón se enciende otra serpiente, que crece larga y esplendorosa, avariciosa de tierra y de materia sólida, para morir en tres segundos sobre su intenso fulgor, Y otra, y otra, y otra, se multiplican en miríada, fabricadas en un firmamento recargado de electricidad, como una fiesta a la cual los mortales sólo pueden asistir como lejanos y perplejos espectadores.
Los relámpagos resquebrajan la quietud de las hoy modestas aldeas humanas. Luces, viento, caos, fascinación, estos destellos de cosmogonía y serpientes de fuego recuerdan la inmensidad del cosmos y el melancólico destino de las civilizaciones.
Calakmul, el reino de Kaan, quiso ser dueña del mundo, pero sus sueños duermen entre piedras colosales que se desmoronan al influjo del sol, el agua y el viento, debajo de una selva diseñada para enterrar el lustre finito de sus constructores.
Caciques y conservación
Calakmul, además de ser una magnífica ciudad frustrada, es uno de los tesoros del país. Sus ruinas y su pedazo de biosfera fueron declaradas en 2002 “patrimonio de la humanidad” por la UNESCO, en 2002. Es la selva tropical protegida más extensa de México, con una superficie original de 723 mil hectáreas (decreto presidencial de 1989) que creció a más de un millón de hectáreas debido fundamentalmente a la creación de dos reservas estatales de Campeche, Balamkú y Balamkim.
Tiene frontera con la Reserva de la Biosfera Selva Maya, de El Petén de Guatemala, y corredores biológicos hacia Sian Ka’an, de Quintana Roo, y Montes Azules de Chiapas, lo que multiplica su importancia: la comunidad científica internacional habla de la Selva Maya como un solo bloque de ecosistemas en tres países (México, Belice y Guatemala), el mayor del continente tras la inmensa Amazonas.
Antes de la protección, fue tierra de caciques que iban por sus maderas preciosas. También fue vista como una gran reserva para cazar jaguares, tapires y águilas elegantes y harpías o para capturar monos o aves de ornato.
Un testigo de las transformaciones es Santiago Pérez Oy, habitante de Zoh Laguna, un antiguo campamento de Caobas Mexicanas, del empresario Abraham Perlo.
Los murciélagos de Balamkú, uno de los prodigios de la selva
“Mi papá llegó aquí en 1940, pues la empresa, que tenía una explotación en Colonia Yucatán, al ver que se acabó el bosque, se vino para acá; el gobierno de Campeche le dio una concesión de maderas preciosas e instaló un aserradero de 12 pulgadas, que producía como mil pies de caoba al día”.
Zoh Laguna fue creciendo en la medida en que llegaban más trabajadores y se expandía la tala. Todas las selvas de la península estaban divididas en concesiones madereras. Según su testimonio, Perlo no era mal patrón y estimulaba a sus trabajadores más cumplidos con vales extra para adquirir despensas. Y si bien era de ascendencia judía, obligaba a sus empleados a acudir a misa católica y participaba en todas las fiestas y peregrinaciones; “es curioso, se sentaba en primera fila y no toleraba las faltas”.
La empresa tuvo altas y bajas económicas. “Se llevó todo, nomás tumbaban y nunca reforestaban, pensaron que nunca se iba a acabar”, refiere don Epifanio Borges, viejo trabajador y chiclero. La concesión de 50 años venció, el hombre murió y los hijos ya no pudieron sobrevivir a la pérdida del monopolio. Los trabajadores quisieron mantener la empresa tras un largo pleito laboral, pero fracasaron.
Cuando se estableció la reserva federal en 1989, los ejidos locales se resistieron. Acosados por el fantasma de que perderían sus tierras y no podían tocar animales y plantas, la situación se puso tan álgida, que dos inspectores forestales federales fueron asesinados en circunstancias nunca aclaradas, lo que provocó gran preocupación en el gobierno federal, que temía levantamientos similares a los zapatistas en Chiapas.
“Dicen que unos chiapanecos se enojaron porque les confiscaron sus motosierras […] había un solo camino para entrar y salir de la selva, los esperaron y los agarraron a balazos”, señala Miguel Álvaro Méndez, que trabaja para la reserva de la biosfera pero es miembro de la diáspora chiapaneca que comenzó a llegar tras la explosión del volcán Chichonal, en 1982.
La falta de tierras y los impulsos de colonización de los gobiernos mexicanos desarrollistas habían hecho la zona un auténtico crisol: hoy viven personas originarias de 25 entidades federativas, lo que ha hecho una integración complicada.
La reserva dirigió una ofensiva gubernamental para legitimarse con proyectos productivos, creación de infraestructura y dotación de servicios básicos, sin distingo de comunidades atendidas. Fue tan exitoso, que eso derivó en la creación del municipio de Calakmul, en 1996, y en el respaldo que las labores de conservación reciben desde entonces por parte de ejidos y propietarios.
La tierra del jaguar
Las vastas soledades de la selva maya son ricas en especies. Jaguares, ocelotes, tigrillos, tapires, pecaríes, venados, monos araña y saraguato, tucanes, águilas. Predomina la selva mediana, pero hay representación de selva baja inundable, selva caducifolia y selvas altas en el lindero con el Petén guatemalteco.
Por eso era un gran coto de cazadores. “Llegaban por Escárcega, del lado de Campeche, venían en camiones de redilas de tres toneladas, traían herramientas, planta eléctrica, focos, armas y hasta cocinero, como le hace n en África […] cazaban el jaguar con carnada, borregos vivos o carne de caballo, y duraban semanas adentro de la selva. Había guías en los pueblos que los llevaban por un buen dinerito, y le daban a todo lo ue se les atravesaba”, recuerda Epifanio Borges.
El jaguar y en general, los gatos de piel moteada fueron protegidos en los años 80, pero no cesó el furtivismo y hacerse de la vista gorda hasta que entró en funciones la reserva de la biosfera. “Hace como 22 años se acabó casi todo, pero todavía en los años 90 venían de fuera a cazar águila elegante, que se parece a la harpía, pero es más chica; un señor de Xpujil los llevaba al sur de la reserva”, pero con el aumento de la presencia institucional, ese fenómeno se redujo casi al mínimo
A don Epifanio le parece que los jaguares han vuelto a prosperar. No en balde, en 2005, se hizo la ceremonia del año del jaguar entre las ruinas mayas, con presencia del entonces presidente Vicente Fox. “Ahora les da por atacar borregas, a veces se llevan hasta catorce en una sola matada, porque se excitan y atacan todo lo que se mueve”; las quejas se multiplican entre los ganaderos, pero asegura el viejo que el fondo de aseguramiento que instituyó el gobierno federal está resolviendo los problemas: un ataque comprobado del felino deriva en el pago de la pieza cobrada.
Poco a poco se conocen más maravillas de Calakmul, como son los murciélagos que todos los anocheceres emergen de una cueva en Balamkú: dos millones de seres pequeños que se dispersan por la floresta y son alimento de depredadores, polinizan y esparcen semillas para el sostenimiento de este viejo mundo amenazado.
Salida
Es de nuevo noche cuando los viajeros abandonan la mística comarca sobre la carretera a Escárcega, recientemente ampliada con sus pavimentos en perfecta negritud, sus balizamientos bien trazados, sus fantasmas reflejantes que marcan carriles.
Calakmul, da un último regalo luminoso, instantáneo como los relámpagos de la víspera, estremecedor: al entrar a una curva, el vehículo dobla y se encuentra por tres segundos con una pantera moteada, que sólo mueve la gran cabeza para observar el auto, mientras acelera su raudo cruce hacia el sur de la selva.
Tras la epifanía, el regreso a los dominios efímeros del hombre.
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Carreteras, el gran desafío
La conservación biológica de Calakmul se debió a su poca población, la cual derivaba de agua escasa e inaccesibilidad geográfica. Pero en los años 60 del siglo XX, la historia dio un giro al abrirse la carretera que conecta a Xpujil, la cabecera municipal, con Escárcega al poniente y Chetumal al oriente, además de obras hidráulicas que asentaron pueblos y los permitieron crecer en medio del clima tórrido.
En los último años, una nueva vuelta de tuerca: si bien, la reserva de la biosfera federal y las dos reservas estatales extienden un sistema de protección sobre más de un millón de hectáreas, la ampliación y mejora de la infraestructura genera alarma entre los ambientalistas: es el caso de la ampliación de la carretera Xpujil-Escárcega, de siete a doce metros, sin pasos de fauna, y de la ampliación del tendido eléctrico paralelo, que potencializa las posibilidades de los esquemas de colonización agresivos que registra la historia mexicana del último medio siglo.
El informe “Análisis ambiental y económico de proyectos carreteros en la Selva Maya, un estudio a escala regional”, publicado en 2007 por los investigadores Dalia Amor Conde, Irene Burgués, Leonardo C. Fleck, Carlos Manterola y John Reid, de Duke University, Conservación Estratégica CSF y Unidos para la Conservación AC, destaca el alto impacto de este proceso, si bien, se logró reducir al convencer a la Comisión Federal de Electricidad de no abrir la servidumbre de su tendido de alta tensión un kilómetro al norte de la ruta carretera, sobre la selva.
“Las carreteras afectan de forma directa la vida silvestre, ya que incrementan la mortalidad de las especies con alta movilidad y promueven la fragmentación del hábitat. A mediano plazo, esos efectos pueden desembocar en la pérdida de hábitat, el aumento del efecto de borde y un incremento en la accesibilidad a los bosques para actividades extractivas”, destacan en la página 35 del documento.
La ampliación de la carretera Escárcega-Xpujil “afectará la conectividad para varias especies debido a: 1) el aumento en el tránsito diario promedio anual, el cual se estima entre 1,887 y 2,170 vehículos; 2) de una carretera tipo C cambiará una carretera tipo A-2, lo que permitirá el aumento en la velocidad hasta 110 kilómetros por hora; y 3) la ampliación de la carretera de 7 a 12 metros. Es altamente probable que la mortalidad de especies aumente por atropello, y que la conectividad disminuya debido al tráfico. Esto es alarmante debido a que esta carretera divide la reserva de la Biosfera de Calakmul y a la reserva estatal Balam-kú en dos, por lo que el objetivos del CBM [Corredor Biológico Mesoamericano] de mantener la conectividad de los parches de selva conservados del norte de la península con los del sur se verán severamente afectados” (pág 52).
Las estimaciones de la deforestación que ha sido ocasionada por esta obra, según los expertos, van de 16,972 hectáreas para 2015, y un acumulado de 47,488 ha perdidas en 2030, aunque se evitó deforestación por más de 41 mil ha que ocasionaría el tendido eléctrico un kilómetro al norte.
Esta ampliación ya es una realidad, así como sus consecuencias: la muerte de animales silvestres se exhibe de forma cotidiana sobre el amplio asfaltado, mientras los pueblos comunicados siguen en crecimiento.
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Amenazadas, 311 mil ha de selvas
La Selva Maya que comparten México, Guatemala y Belice, con casi 13 por ciento de la biodiversidad mundial (incluye Chiapas), podría ver acelerados sus procesos de destrucción con la construcción de una amplia red de carreteras por sus gobiernos nacionales.
Los corredores a desarrollar son Caobas-Tikal, San Andrés-Mirador, Mirador-Calakmul, Uaxactún-Mirador, Yaxhá-Nakum-Naranjo, Melchor de Mencos-Arroyo Negro, Lamanai -frontera con Guatemala, El Ceibo-El Naranjo, y Escárcega-Xpujil.
“Si todos los proyectos mencionados son implementados en la región, se deforestarían alrededor de 311,170 hectáreas de selva en los próximos 30 años. Esto causaría la liberación de por lo menos 225 millones de toneladas de dióxido de carbono, que implicarían un costo global ambiental de por lo menos US$ 136 millones (valor presente)”, dice el informe.
Esto “incrementará la vulnerabilidad del ecosistema ante incendios y huracanes. Aumentarán presiones antropogénicas como la toma de tierras dentro de áreas protegidas, la tala irregular de madera y el contrabando ilegal de flora y fauna”, además de la formidable barrera para la movilidad que significa para muchas especies una carretera convencional.
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Madera para una economía precaria
Los mayas descendientes de los rebeldes del siglo XIX, hoy levantan en las selvas de Quintana Roo un modelo económico que les permita conservar su apego a la milpa y las tradiciones, al tiempo que acceden al desarrollo.
Son la variada flora y fauna locales la materia prima de cambio. Sus bosques tropicales, situados entre dos enormes áreas naturales federales: Sian Kaan al oriente, Calakmul al oeste, son un gran corredor biológico, pero los aborígenes se niegan a aceptar una reserva protegida en sus ricas florestas, que a su juicio pasarían a ser controladas por la burocracia ambiental; como en otros sitios del país, confían en que los usos comunitarios mantengan la integridad de los ecosistemas y le permitan un mejor futuro.
Los 20 ejidos integrados a la Organización de Ejidos Productores Forestales de la Zona Maya emergen de la antaño próspera economía de la fabricación de durmientes, que les permitió establecer una base organizativa regional que mejora sus oportunidades en un entorno competido, ahora que entran en los aprovechamientos forestales.
“El durmiente nos hizo ver que esta región tiene una alta capacidad productiva, y de las principales fortalezas que dejó fue una organización para la producción, y sin intermediarios; a diferencia de la madera en rollo, el durmiente trabajó con créditos bancarios, porque Ferrocarriles Nacionales nunca daba anticipos, pagaba la madera al recibirla en sus centros de concentración; se hicieron organizados y administrados, en esa época la gente compraba camiones, reparaba escuelas, ponía canchas, pagaba la instalación de la luz porque había dinero”, explican Victoria Santos Jiménez y Rosa Ledezma Santos, directivas de la organización.
Es sabido que esa economía cerró prácticamente en 1998, con la privatización de Ferronales, pero de forma gradual, se ha ido accediendo al libre mercado. Por un lado, los campesinos se convencieron de la pertinencia de adquirir la tecnología de los microaserraderos y ahora están en la etapa de aprendizaje de ese sistema.
Uno de los problemas más serios fue el paso del huracán Dean, en 2007, pues el gobierno suspendió en su mayor parte los aprovechamientos que estaban debidamente autorizados como efecto de la contingencia, lo que propició por un lado un escaso aprovechamiento de maderas muertas y su conversión en combustible para incendios, pero además, dañó el proceso de cambio. “En lugar de reajustar los programas de manejo prefirieron imponer el acto de autoridad”, señala Rosa Ledezma.
No obstante, sigue la transformación. “El microaserradero sirve para el ejido más chico y para el más grande, porque es por módulos y te permite caminar por pasos; si eres un ejido grande y necesitas 20 módulos, puedes empezar por cuatro, luego sumas cuatro hasta completarlo; nuestra experiencia de los años 70 con el durmiente es clave, porque nadie le da a un ejido un crédito por cuatro millones de pesos para un aserradero tradicional, pero puedes obtener 300 mil o 400 mil para ir comprando módulos del microaserradero portátil, que además tiene menos impacto ambiental”, observa Victoria Santos.
Los 20 ejidos por año tienen posibilidad de producir hasta 400 mil metros cúbicos de madera, una gran potencia forestal nacional si se llega a cuajar el sistema (Jalisco completo apenas da ese volumen), sin afectar existencias ni procesos de la naturaleza, asegura.
Uno de los ejidos con mejor organización y que lograron mantener su aprovechamiento pese a Dean es Betania. Don Pedro Celestino, presidente ejidal, destaca que de 11,030 hectáreas, tres mil ha se dedican a conservación, unas 45 ha son para agricultura de autoconsumo, y el resto de aprovecha de forma ordenada, sobre la base de 20 especies, tanto madera como “palizada”, que son árboles delgados muy usados para construcciones en la industria hotelera.
“Los compañeros estamos metidos en el trabajo, aprender para producir sin dañar al bosque, y además hacer otras cosas, como el ecoturismo; ese es el camino que hemos marcado”, puntualiza.
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Un oficio que agoniza
Epifanio Borges Montoy • Chiclero de las selvas mayas
•En privado
Calakmul, Campeche. Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Edición del 18 de septiembre de 2011. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS
Un oficio en vías de desaparecer en el México tropical es el del chiclero. Son los recolectores de la resina de un árbol llamado Chicozapote o Zapote Blanco, que tuvo alta demanda mundial porque el chicle o goma de mascar se producía con ese material. Los chicleros fueron, parafraseando a Joseph Conrad, “una avanzada del progreso”, entendido como la conquista y transformación humana de los parajes más salvajes y remotos que le quedaban al país hace más de medio siglo.
La historia de Epifanio Borges Montoy tiene retazos de epifanía, pecado y expiación. Vio como pocos humanos los esplendores de la selva maya que se extendía inmensa entre las majestuosas, y hasta hace poco, olvidadas ruinas mayas de Calakmul, y hacia el sur, más allá de las fronteras nacionales con Guatemala y Belice. En su oficio, holló esas remotas florestas acompañado de muchos recolectores; detrás de ellos venían los constructores de caminos y los talamontes, oficios que tampoco le fueron ajenos.
Nació en el municipio de Hopelchén, “llegué a esta zona en 1955, con trece años de edad. Vine con mis tíos, uno era el capataz, y con mi padrastro, y al final mi mamá, que era cocinera; en la Central Chiclera de Altamira estuvimos acampamentados, fue el año en que llegó el huracán Janet a Chetumal”.
El meteoro arrasó con el entonces pequeño pueblo costero de once mil almas que era capital del territorio de Quintana Roo, y le pegó a la selva. Y como hubo presupuesto público para rehabilitar camino y extraer maderas muertas, la desgracia de unos fue ingresos extra para los esforzados chicleros
La extracción de resina era actividad principal, pero la madera la aprovechaban en las secas. “Sólo era madera preciosa, el durmiente se manejaba en al zona de Escárcega, por ahí pasaba el ferrocarril…”.
El trabajo de los chicleros era realmente de exploración y constituyeron los primeros asentamientos humanos en siglos en algunas zonas de la selva. “Contrataban a la gente y se la traían aquí en avioneta; se formaban grupos de 20 a 25 personas, con dos cocineras, y los transportaban a parajes para formar sus campamentos; en tres a cuatro días tenía uno que hacer su champa [tienda] de guano, de palma, y se armaba todo y empezaba uno a trabajar; en ese campamento duraba uno tres o cuatro meses, o según se fuera alejando el trabajador, se abría otro campamento…”.
La resina del chicozapote es “un látex blanco”; el chiclero le hace cortes finos con machete e introduce la resina líquida en sacos de dos y medios kilos, que luego fríe para “acosturarlo”.
Sólo si hay mucho descuido se mata al árbol. Un chicozapote aprovechado vuelve a ser visitado a los siete años. “En esos tiempos había de 600 a 700 chicleros en toda la geografía de Quintana Roo, Guatemala, y Belice”, pero hace dos décadas, las resinas artificiales redujeron drásticamente la demanda mundial. Don Epifanio, de 67 años, ya vio pasar sus mejores años, y hoy apoya labores de conservación en la reserva de la biosfera de Calakmul, donde evita que se corten árboles o se colonicen parajes valiosos para la vida silvestre.
El oficio de chiclero se extingue más rápido que las aún enormes pero alteradas florestas tropicales de México y Centroamérica.
Conservación, sal y béisbol
José Luna • Salinero
•En privado
Celestún, Yucatán. Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Edición del 11 de septiembre de 2011. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS
José Luna es los mismo un político que ha impulsado la organización de las sociedades de salineros en la costa oeste de Yucatán, un pescador que ha aprovechado las aguas tibias de los esteros y del golfo de México, un migrante que impulsó su pasión por el béisbol entre los lugareños y migrantes mayas, y un defensor de los recursos naturales que extiende su acción desde la reserva de la biosfera federal de Celestún hasta la reserva estatal de El Palmar.
Eso sí, es sin duda uno de los personajes claves de la conservación en este rincón del sureste mexicano. Hoy encabeza un grupo de 38 vigilantes que lo mismo cuida la temperatura del agua para garantizar la calidad de las amplias salinas de este litoral, que la permanencia de las especies en peligro de extinción, como el jaguar, el cocodrilo de pantano y las miles de aves migratorias.
En el primer caso, la justificación deriva de hasta 25 mil toneladas anuales de sal que se extraen del área pantanosa, y que sostienen desde décadas atrás a unas 600 personas de la zona. En el segundo, de que todavía muchos yucatecos, mexicanos y extranjeros se empeñan en ver a la península como una tierra de nadie donde se pueden cobrar los trofeos de antaño: jaguares moteados, águilas pescadoras, patos, venados, reptiles, sin tomar nota de los procesos de extinción que se han desencadenado sobre la fauna de los trópicos.
“Somos un grupo y andamos entre las dos reservas, la federal y la estatal; el abuso mayor se da con los patos y las aves que llegan en el invierno, la temporada se abre en diciembre, pero acaba marzo y todavía no se van, y tenemos que estar muy alertas por el furtivismo, no se respetan las vedas y no se permite la reproducción de los animales”, señala el hombre de 65 años, que llegó a la zona a los 21.
Por ejemplo, un individuo cuya detención se logró en marzo pasado, traía cintillos para 30 animales, pero se le detuvo con 250. “Es un tipo de Mérida, de apellido Sakur; cuando lo detuvimos, nos ofreció dinero, le dijimos que no, le tomamos foto a su camioneta, a sus placas, a su licencia de cazador... afortunadamente ya está bajo proceso”.
Es una lucha sin cuartel. “A la caseta de vigilancia que hicimos le rompieron el candado, la intentaron quemar, las tablas que pusimos como pared las arrancaron [...] pasa muy seguido”.
Don Pepe tiene claro el diagnóstico: “tenemos la idea del rescate y la conservación con miras al ecoturismo para crear fuentes de empleo; hemos visto como durante años el mar ha sido sobreexplotado, que los recursos como la sal tiene un número de personas que la trabajan, y ya no sería un cultivo si se metiera mucha más gente para la mano de obra; entonces lo que tenemos que hacer es preservar estos ecosistemas, y por qué no, en vez de matar animales tomarles fotografías, eso nos conviene a todos los que vivimos acá”.
Su trabajo político es básicamente por el lado gremial, para defender a los salineros y organizarlos mejor para hacer frente a los desafíos de un mercado muy competido. También ama el béisbol y ha organizado equipos y torneos del rey de los deportes entre los poblados de migrantes pobres que ya inundan esta costa que fue, hasta hace muy poco, una terra incognita.
domingo, 18 de septiembre de 2011
Una selva productiva
Noh Bec, un ejido de veracruzanos en tierras mayas. De exportar madera, hoy viven en crisis tras el paso del huracán Dean de 2007. Arriba, la laguna de Noh Bec; abajo, un cenote en tierras del ejido Betania, ambos en la misma región
Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo. Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Edición del 11 de septiembre de 2011. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS
La selva era alta, tupida, apretujada, imponente en su aislamiento. “Salías y veías un venado, un jabalí, faisanes; subías al monte y veías tigres [jaguares], leoncillos, tapir, cabras de monte; si caminabas 100 metros ya podías matar un animal, para comer la carne de monte: jabalí, tepexcuintle, tejón, armadillo, pavos, el cocolito, que es un animal muy sabroso, casi como el pavo...”.
Natividad Tadeo Ferral ha sido en tres ocasiones presidente del comisariado ejidal de Noh Bec, al sur de la zona maya de Quintana Roo, pero no olvida la odisea personal que lo llevó a los quince años de edad, en 1953, desde su natal Acuatempa, en el centro-norte de Veracruz, a estas selvas calurosas, en busca de las tierras que perdió su familia a manos de un terrateniente.
Noh Bec ya había comenzado su historia desde 1936, cuando el presidente Lázaro Cárdenas dotó a un grupo de 46 chicleros veracruzanos (recolectores de la resina del Zapote) de más de 18 mil hectáreas.
“Dos hermanos fueron por mí; primero llegué hasta Coatzacoalcos en autobús, de ahí en tren hasta Campeche, y de Campeche ya había un autobús a Mérida, era un camión viejito de tres diferenciales, de la Segunda Guerra Mundial supuestamente; ese viaje fue hasta Xonjoju, y de allí a pie hasta llegar aquí...”.
Fueron 80 kilómetros, “hicimos tres días caminando, llovía mucho, era más difícil avanzar por pura selva, y los pueblitos bien chiquitos de los nativos [...] no comí en esos tres días porque no me vendían comida, porque yo no hablaba maya y ellos no sabían el español...”.
En sus orígenes, “Noh Bec era un paraje, un lugar donde los arrieros transportaban chicle para Pedro Santos, se juntaban para protegerse, no salir solos [...] cuando llegué, los viejos me platicaban que ellos se vinieron chicleando de Carrillo Puerto, que era la central de transportistas, donde conocieron a Pedro Infante, que llegaba en sus aviones y se iba para Chetumal, y se llevaba bien con la gente del pueblo”.
Don Natividad no llegó de casualidad, pues uno de sus hermanos fue fundador del ejido, su padre ya había muerto y su madre había migrado un par de años antes. “Me gustó tanto que a pesar de que estábamos en un destierro, aislados de toda civilización y de todo, no he vuelto jamás a mi tierra, hace 58 años ya...”.
Desde entonces, mucho se ha perdido de la naturaleza apacible y paradisíaca, por la gran migración; pero de tiempo en tiempo, los elementos les recuerdan a los hombres de la umbría que también pueden ser violentos, destructores. En 1957 Janet dejó una estela de devastación que acabó con una buena parte de los bosques; en 1995 fueron sacudidos por Roxanne, pero nada se compara con la violencia de Dean, en 2007, que arrasó con buena parte de la floresta y dejó en la ruina económica a muchos ejidos mayas y mestizos.
Noh Bec tuvo tiempos prósperos, luego de librarse de la concesión que pesaba sobre sus selvas por parte del gobierno federal a una empresa llamada MIQROO SA, la cual “descremó” los mejores árboles y derramó muy pocos recursos a los campesinos. Al librarse de ese cacicazgo, en los años 80, se generó gradualmente un esquema de producción que los llevó a lograr la certificación de sus bosques, lo que permitió exportar maderas a los mejores mercados del mundo.
Ya con 24,100 hectáreas, fruto de una ampliación posterior concedida, el núcleo agrario dejó 18 mil ha sólo para el uso forestal.
“Desde 1991 los aprovechamientos forestales de Nohbec [sic] fueron evaluados por grupos certificadores norteamericanos y su producción fue reconocida como procedente de un bosque bien manejado. Dos años después, el ejido comenzó a exportar pequeños volúmenes de maderas duras con sello verde. También vende maderas duras certificadas a la fábrica de pisos PIQRO, cuya producción se orienta a la exportación y en parte a los nichos de mercado para productos forestales certificados”, señalaba en 1997 la investigadora de la UNAM, Leticia Merino.
“Sin embargo, utilizar la certificación como instrumento de acceso a nuevos mercados no ha sido simple. El ejido ha tenido que desarrollar la calidad de producción que requieren los mercados internacionales; ha debido también dotarse de la capacidad administrativa y de gestión necesaria para desarrollar actividades de exportación [...]”.
Lo cierto es que este panorama prometedor se derrumbó por el paso de Dean, que destruyó miles de hectáreas de selva cuyos restos no se pudieron aprovechar porque “el monte estaba muy caído y la inversión para sacar madera se fue al triple”. La certificación está suspendida desde 2008, no se puede ahora exportar “y creo que comenzaremos a vivir ahora el problema de la escasez”.
Así, Noh Bec vive ya el desafío de su supervivencia.
Tierras nacionales, la gran discordia
La Conanp pide a la SRA delimitar áreas protegidas de la península yucateca. Ventaja que se diluye: la mayor parte de las ANP son propiedad pública. Ruinas mayas y naturaleza son el encanto de la península. En la foto, Dzibilchaltún
Cancún, Quintana Roo. Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Edición del 8 de septiembre de 2011. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS
La península de Yucatán tiene 2.5 millones de hectáreas bajo la jurisdicción de 21 áreas naturales protegidas federales, es decir, 18.1 por ciento de la superficie sumada de los estados de Campeche, Quintana Roo y Yucatán, lo cual revela la gran oportunidad que tiene la conservación.
Esta expectativa se incrementa con las áreas protegidas estatales, y con el dato anexo de que buena parte de la superficie la forman terrenos nacionales, es decir, propiedad pública. Sin embargo, es necesario hacer los deslindes y garantizar el final de invasiones de facto sobre las demarcaciones, advierte el hoy director general de Conservación para el Desarrollo de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp), Alfredo Arellano Guillermo.
“La península tiene todavía valores biológicos extraordinarios para la conservación; los estados de Campeche y Quintana Roo tuvieron siempre poca densidad de población, tras la caída de los mayas, y eso permitió la recuperación de las selvas [...] hubo un importante auge en el incremento de áreas protegidas en los años ochenta del siglo XX, con la creación de Sian Kaan y de Calakmul, y posteriormente, en Campeche, las áreas estatales de Balam-Kin y Balam-Kú, que si se añaden el Petén guatemalteco, y la zona norte y poniente de Belice, estamos hablando del segundo macizo selvático más importante en el continente americano, después del Amazonas”, refiere el ex responsable por Conanp de las reservas ecológicas de la península.
“La mayor parte de los terrenos en las áreas protegidas son de propiedad nacional, federal; estamos con la Secretaría de la Reforma Agraria (SRA) trabajando en la delimitación de estos terrenos, para la entrega física a la Conanp, por supuesto que tenemos ahí todavía invasiones, y tenemos que regularizar en algunos casos predios en su propiedad, pero con todo eso, es una gran ventaja que sean propiedad pública”.
Caso extremo es el del parque nacional de Tulum, “donde hubo un decreto expropiatorio, y sin embargo, hay propietarios que han permanecido ahí, o que el gobierno del estado siguió vendiendo terrenos después de que fueron expropiados, y a la fecha tenemos amparos; estamos litigando en los tribunales, inclusive tenemos una controversia constitucional en la Suprema Corte de Justicia de la Nación contra el municipio de Tulum por haber expandido el centro de población y por haber incluido el parque nacional dentro de sus planes de desarrollo urbano, a todas luces con la intención de desarrollar el parque”.
A juicio de Arellano Guillermo, los problemas más graves se dan fuera de los linderos de las áreas protegidas. “Es problemático porque todavía hay una cantidad fuerte de terrenos nacionales [...] alguien se posesiona de un terreno, hace la solicitud ante la SRA, se abre el expediente; al rato viene otro y hace la promoción, y hay un segundo expediente; si este segundo se pone las pilas va con un juez de segunda instancia que le da una adjudicación ad perpetuam, que es un reconocimiento de posesión; va ante un notario, el notario se lo escritura, y ahí sale con su título, aunque son terrenos nacionales, pero se empiezan a generar todos estos conflictos sobre la propiedad, sobre todo en Quintana Roo”.
- ¿Habría que resignarse que las fuerzas económicas son las que van a definir el futuro de la región?
- Pues de alguna forma ya se decidió; la zona costera hasta Tulum ya está casi toda urbanizada [...] estamos peleando por lo últimos reductos como son Tulum; Sian Kaan está blindado de alguna manera, no es ajeno a las construcciones pero ya se estableció un ordenamiento [...] aguas, estamos abaratando el destino, hemos optado por el turismo masivo, que no solo es más impactante en términos ecológicos y sociales, sino que también la derrama económica por turista es menor [...].
Por si fuera poco, los empresarios que se benefician con la expansión sobre terrenos naturales no ayudan a resolver los problemas que crean, “hay una respuesta muy mala”, lamenta.
domingo, 11 de septiembre de 2011
“Nos daba miedo..”
En Privado. Heliodoro Camaal Couoh • Nativo de Celestún, Yucatán, protector de fauna
Celestún, Yucatán.Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Edición del 21 de agosto de 2011. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS
Año 1950. “Aquí todo era muy salvaje; el tigrillo bajaba hasta el pueblo a robarse las aves de corral, las gallinas, los pavos; había pocas casas, era puro monte para ir al cementerio, deba miedo allá por los años 50, te ibas por una veredita, y a ver qué te salía, culebras de montón, tigres, alimañas”.
Don Heliodoro Camaal Couoh tiene 72 años y es nativo del poblado de Celestún, hoy reserva de la biosfera, y que de ser una de las zonas más vírgenes del territorio yucateco, se transformó con la enorme migración maya, a partir de los años 70.
No olvida la historia del pasado. “Si acaso había unas 400 personas, y la gente se dedicaba a la extracción de sal, que era por temporada, de marzo a junio, o hasta agosto si se trabajaba con las aguas; pero terminando no había más trabajo, se acababa la sal y estaba muerto todo, pero aunque no teníamos ni luz, ni carretera, ni comunicaciones más que por mar, había un mundo de pescado, entonces no se pasaban hambres. La carretera creo que llegó hasta 1979”.
El traslado hacia Campeche, era a 20 leguas por mar. Mérida estaba demasiado lejos por tierra, y también se embarcaban para llegar a la zona de Puerto Progreso para poder penetrar hacia la capital. La actividad económica más notorio, además de la sal, era la cacería por pieles de cocodrilo (Crocodylus moreletti) y de jaguar (Panthera onca), especies que ahora gozan de protección especial por estar en riesgo de desaparición de toda la biosfera mexicana.
“Ahorita ya hay de nuevo bastante jaguar, está protegido por nosotros, pero en aquel entonces, lo cazábamos, igual que al ocelote y al cocodrilo; se les mataba para vender la piel, yo recuerdo que me pagaban a 70 pesos la piel de jaguar grande, y yo maté a varios, fui un buen cazador, pero era para sobrevivir porque no teníamos empleos [...] ahora resulta que mi trabajo es cuidarlos, jajaja”, señala con un tufillo de cinismo.
Explica que entre junio y julio era la época de apareamiento de los grandes gatos, y procuraban respetarlo para garantizar su reproducción, aunque no todos lo hacían. Lo cierto es que don Heliodoro aprendió a engañar la pantera, imitando su rugido por una pieza construida con el caparazón del armadillo, un estropajo y una fibra que se deja secar al sol. “Esa pieza podía reproducir a la perfección el rugido del jaguar, y cuando andaban apareándose, pues los confundías, entonces llegaban al lugar de donde habían escuchado el sonido, y les pegabas el tiro”, señala.
La clave era saber matarlos, más que por su peligrosidad “las balas siempre se han impuesto a la ferocidad silvestre, por evitar que la piel fuera horadada en un sitio donde perdiera su estética y su valor. Tenías que darles en la frente para que se aproveche bien y te lo paguen al precio justo”, refiere el anciano.
Este cazador maya vio la debacle de los animales silvestres, el crecimiento desordenado de su pueblo, y la llegada de la “civilización” traducida a lámparas de luz y chapopote. Fue a partir del 70. En los años 90, se hizo cuidador, hasta este momento, de la vida que depredó en el pasado. Una vez más, el diablo se ha puesto al servicio del orden terrenal.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Los mayas, una resistencia secular
Los pueblos mayas de la península de Yucatán han luchado por mantener su cultura desde la conquista pese a la influencia exterior. En la actualidad se adaptan a los desafíos de la nueva economía mundial
Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo. Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Edición del 21 de agosto de 2011. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS
El santuario de la Cruz Parlante sobrevive en el corazón de esta tórrida ciudad, la antigua Chan Santa Cruz, capital de la resistencia maya del último siglo y medio. Es una finca blanca con techo de palma a dos aguas, piso de madera, un campanario triple al frente, y a los lados, dos chozas menores; complejo enclavado sobre un pequeño promontorio al que se accede por una escalinata, y que lo hace sobresalir de la densa vegetación del terreno, sobre una calle empedrada y silenciosa.
Para los turistas, se trata de una curiosidad cultural. Pero los conocedores de la historia peninsular saben que es uno de los símbolos mortecinos de la legendaria resistencia india a la penetración española y mestiza. “Todas las mañanas, el sacerdote oficia una misa, y vienen muchos fieles”, explica Severiano Chablet, quien esta semana de primavera guarda el recinto como parte de sus obligaciones de seguidor de la iglesia católica maya.
Las ceremonias son en lengua aborigen, pero no distintas del simbolismo del ritual católico tradicional. Como en las mezquitas de Alá -¿relación improbable?- está prohibido ingresar con calzado a la zona sagrada. El altar es dominado por una cruz con un Cristo doliente, como en todos los cristianismos del mundo. Pero esta cruz es prodigiosa: les daba señales a los rebeldes y guiaba su rebelión.
“Mi abuelo me decía que daba esas señales, no es que hablara -repone Severiano, maya macehual (con raíces ancestrales en la zona)- es como cuando una vela que está prendida se apaga de repente, es una señal que dice algo […] desde antiguo, los abuelos dicen que los sacerdotes mayas reciben señales cuando va a caer un huracán sobre Quintana Roo, una señal de Dios que nos protege a todos…”.
Los mayas, entre aborígenes y migrantes recientes (tres décadas) de Yucatán, no ven obstáculo en guardar esta devoción y vivir y morir dentro del catolicismo ortodoxo. De hecho, existen hasta cinco santuarios de la Cruz Parlante. La cosa cambia con los conversos a otros cristianismos menos flexibles, de línea evangélica.
“Se mantiene el culto porque es algo significativo, que nos viene de la guerra de castas”, opina don Pedro Celestino, presidente del ejido Betania, migrante yucateco cuyos antepasados vivieron en carne propia la rebelión decimonónica que terminó de aplastar el presidente Porfirio Díaz en el reciente 1901.
Los indios de esta época son pacíficos, pero se niegan a dejar de ser mayas. Han recibido gigantescas dotaciones y ampliaciones de ejidos en las selvas bajas y medianas de este estado que hace 40 años estaba casi deshabitado, y han tratado de hacerlas producir con sus sistemas agrícolas tradicionales –tumba, roza y quema-, pues la milpa sigue siendo base del sustento, pero también han establecido áreas protegidas y programas de manejo de la compleja selva, para aprovechar sus maderas preciosas y semipreciosas.
La región de influencia de Felipe Carrillo Puerto tiene 300 mil hectáreas de selvas. “Los que trabajamos con ellos hemos aprendido la importancia de la milpa y de las fiestas mayas, que es muy fuerte: no importa que haya un viaje a Estados Unidos, ellos no van a ir si les toca su fiesta; es tan drástico que explica por qué perdió la rebelión maya: a punto de tomar Mérida, se fueron a sembrar la milpa, porque ya tocaba; así de fuerte es su cultura”, destaca la técnica forestal Victoria Santos Jiménez, que asesora a una organización indígena.
De este modo, lo económico y lo político se subordina a las costumbres, el rito y la relación con lo sagrado. “Varía en los distintos puntos de la región; más de Carrillo Puerto que de Lázaro Cárdenas o José María Morelos; Carrillo Puerto es la zona más tradicional. Aquí la mayoría se llaman mayas macehuales, porque también hay los mayas yucatecos que traen otra visión más modernizada, fruto de la economía del henequén, de la que migraron […] hay toda una experiencia que le da como una marca: aquí es el único sitio donde están los centros ceremoniales mayas, y sólo la línea política dividió a Tulum de Carrillo Puerto; allí está el quinto centro de la Cruz Parlante”, refiere la experta, con más de dos décadas de experiencia entre macehuales y yucatecos.
Cíclicamente, los dueños de estas selvas deben emerger de desastres económicos y ambientales: desde 1970, la compra de durmientes para ferrocarril fue la base de toda la economía forestal local, pero es un mercado que se cerró en 1998 tras generar durante casi tras décadas 200 mil piezas de durmientes por año. Y más recientemente, en 2007, el huracán Dean golpeó con inusitada violencia, y más que muertes, devastó la mitad de la floresta. Un recorrido por Betania y por Noh Bec demuestra la realización de otros prodigios: la ubérrima naturaleza, en apenas cuatro años, ha cubierto de nuevo la mayor parte de los vastos espacios desmontados tras el paso del meteoro.
La condición indígena también remite, como en todo México, a la marginalidad. El Consejo Estatal de Población de Quintana Roo, difundió apenas en julio pasado que la zona Maya (con los tres municipios ya mencionados) está en la precariedad social, “tomando en cuenta como principales factores de esta condición la educación, vivienda, ingresos monetarios y la distribución de la población”. Uno de cada cinco habitantes no sabe leer y escribir, muy lejos del promedio del estado, de 6 por ciento.
Vicente Mex May es hijo da la diáspora yucateca, y habita Betania. Tiene 74 años y llegó hace apenas 34. Proveniente de Quixilu, junto con 120 personas que migraron tras un pleito en la comunidad, arribó a una aldea de apenas diez personas, entre tupido boscaje y abundante fauna tropical. Ese espacio ha sido pacientemente colonizado por la milpa, que incluye el maíz, la calabaza y el frijol. “De dónde venimos ya no había chamba, la tierra no daba mucho, no tenía caso seguir; aquí uno come”, comenta mientras deambula entre los árboles colosales de la comunidad, donde se pretende establecer un proyecto ecoturístico.
Al final del camino, una ruina milenaria se desmorona al pie de un cenote, entrada al inframundo. Los jóvenes mayas bajan temerarios por las raíces de las higueras salientes, a bañarse en el espejo quieto del agua.
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“Los individuos pueden morir, pero el mundo que uno ha abarcado con su mente y su corazón, tiene que seguir viviendo…” (La guerra de castas de Yucatán, Nelson Reed).
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Una economía en cambio
La economía de la península de Yucatán se ha transformado de forma radical en cuatro décadas, tras la debacle henequenera, la crisis agropecuaria general y la apertura y éxito de Cancún como imán de inversión fundamental del país, señalan Juan Córdoba, Ana García de Fuentes y Matilde Córdoba, en su artículo “Modernidad ambiental frente a tradición, problemas y perspectivas en el caso de la península de Yucatán”, publicado en los anales de geografía de la Universidad Complutense.
“Entre 1970 y 1996, las actividades agropecuarias han perdido peso en las estructura del producto interno bruto regional, al pasar de 25 a 4 por ciento, mientras las actividades industriales pasaron de 20 a 25 por ciento, y las de servicios, de 55 a 71 por ciento”. El cambio entraña nuevos desafíos, destacan.
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La historia de Chan Santa Cruz
• Felipe Carrillo Puerto, el principal municipio maya de Quintana Roo, fue fundada por lo aborígenes con el nombre de Noh Cah Santa Cruz Balam Nah Kampokolche, centro de los rebeldes durante la Guerra de Castas, entre 1847 y 1901. Tomado y saqueado al menos en tres ocasiones, mantiene ese imán simbólico. Allí se sitúa todavía el principal santuario de la Cruz Parlante
• A principios del Siglo XX fue rebautizado como Santa Cruz de Bravo y fue hasta cerca de 1930 la capital del Territorio de Quintana Roo, cuando fue trasladada la capital a Payo Obispo, hoy Chetumal
• En 1930 recibió su actual nombre, en honor al gobernador socialista de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto
• La leyenda. Tras severas derrotas sufridas de manos de los yucatecos mestizos, los mayas se repliegan a lo profundo de la selva, y encontraron tres cruces en la corteza de una caoba situada junto a un manantial; lo consideraron un símbolo milagroso y empezaron a hacer ofrendas a las cruces; uno de los capitanes, de apellido Barrera, los convenció de que esas cruces habían descendido del cielo con el fin de apoyar la rebelión: la cruz “hablaba” por medio de un intérprete, de los cuales, el primero fue Manuel Nahuat
domingo, 14 de agosto de 2011
De pesca con Pedro Infante
Bernabé Pastrana Cupul • Pescador – protector de la biosfera de Los Petenes
•En privado
Campeche, Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS
Pedro Infante debe ser todavía el personaje más popular de México. En los años 50 del siglo XX, mientras filmaba las películas que hacían suspirar adolescentes o llorar a las amas de casa, y sus canciones conquistaban a todos los públicos, un oscuro pescador tuvo oportunidad de tratarlo de igual, en una cabaña ubicada en isla Arena, Campeche; ese hombre, Bernabé Pastrana Cupul, hoy es un anciano y lucha por la preservación de los ecosistemas entonces vírgenes, hoy amenazados, de la reserva de la biosfera de Los Petenes.
“Yo con mi padre trabajaba mis trampas para el pescado y el marisco durante ocho meses y cuatro descansábamos, poníamos la veda para evitar que se capturaran animales; cuando venía Pedro Infante desde México yo le llevaba la carga […] él tenía una casa en Isla Arena; tenía una compañía de aviones, Tamsa, eran aviones de barriga grande, entonces nosotros llevábamos a Mérida la mercancía para subirla en esos aviones”, refiere el viejo de 67 años.
El originario de Guamúchil, Sinaloa, iba con frecuencia porque era piloto y le gustaba volar. “Yo tenía como catorce años cuando lo conocí, era buenísima persona, mi patrón le vendía cangrejo […] en su casa de Isla Arena mi papá y yo estábamos un día comiendo, cuando llegó él, a ver quítense que ya llegó Pedro Infante, nos dijeron, pero él se metió: ‘no se quiten, ahí quédense, no hay problema’, nomás venía a pasear, y cantaba a capela, o con guitarra, y uno lo escuchaba…”.
El gusto del actor por el aire fue su tumba, recuerda el pescador maya: su avioneta se desplomó cerca de Mérida, y dicen que cayó sobre una muchacha, “es que también siempre le gustaron las mujeres”, comenta socarrón.
Don Bernabé ha sido testigo de las grandes transformaciones que han ocurrido en el litoral de Campeche, antaño una enorme reserva forestal y de caza, y hoy en proceso de deforestación por la creciente presión humana sobre sus recursos.
Su memoria atraviesa los desastres que acarreó la gran mancha de petróleo expulsada por el Ixtoc, hace treinta años, o la muerte de las grandes palmeras cocoteras que poblaban el litoral –por una extraña enfermedad–, o la devastación de la selva y de los petenes –islas de vegetación selvática en medio de ecosistemas salinos–. Lo que más le preocupa es que el deterioro de los esteros y las marismas, han hecho declinar la producción de peces y mariscos de alto valor comercial –los esteros son “la guardería” de las especies– y que en la costa, son cientos, tal vez miles, de lancheros improvisados que matan sin respetar vedas y en general, sin conocer cómo funciona la vida.
La sobreexplotación de especies ocasiona incluso un tráfico con los motores de lanchas, y robos constantes, que también ha padecido.
“Lo que pasa es que somos muchos; antiguamente eran cayucos, no había motores, y a pura vela andábamos; pero empezó a haber motores y fue una plaga la lancha, todo mundo ya no quiere tener un motor de seis sino de 50 caballos, y hay muchos patrones; ese es el problema, porque si yo soy un armador, no voy a tener sólo una sino cien, y esas 100 a quién se las voy a dar, si pescadores no hay en Campeche; pues a cualquier vecino, y de ahí viene todo este problema…”.
Turismo, historia de un desastre
Cancún, Quintana Roo. Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS
"Esto ya no tiene remedio”, comenta sombrío don Alberto Frizione, empresario ecoturístico que llegó de Veracruz a estas tibias costas del Caribe en 1974, un paraíso que apenas comenzaba a ser hollado por la avaricia de las grandes empresas y la megalomanía del gobierno mexicano.
37 años después, su conclusión es lapidaria: “lo que es en Cancún y Playa del Carmen, creo que ya llegamos a un punto de no retorno, cuando nuestros recursos se empiezan a acabar y los tenemos que empezar a producir; el mar, que era esa fuente de recursos, de energía eterna, ya no lo es, y si seguimos capturando especies de la misma manera, este mar se nos acaba en diez años; si seguimos viéndolo como un vertedero de basura, si no ponemos las plantas de tratamiento, si las autoridades se siguen haciendo tarugas, si los empresarios siguen siendo tan ambiciosos […] parece que no hay salida”.
Cancún y su Riviera Maya, la perla de México, recibe un tercio de los turistas del país y una derrama que se acerca a cuatro mil millones de dólares anuales en aproximadamente 60 mil cuartos para toda clase de presupuestos. Como negocio es inobjetable. Lo que no comprenden don Alberto y muchos pequeños empresarios y ambientalistas, es cómo no se invierte de fijo una parte pequeña de esa derrama para evitar la destrucción del capital natural, que es el verdadero sustento de toda economía; por el contrario, éste capital hoy se devasta entre el uso irracional del agua (casi todo Playa del Carmen vierte aguas crudas al mar o los esteros), la producción de basura (de 800 a mil 400 toneladas diarias), la tala ilegal, la cacería indiscriminada de animales silvestres (sobre todo marinos) y la elevada y desordenada presencia de viajeros que cotidianamente irrumpen entre ecosistemas frágiles.
No es casualidad que la barrera coralina de Isla Mujeres esté enferma de muerte ante los excesos de buceo, esnorqueleo y contaminación; que la población de tiburón ballena y de otros escualos esté en riesgo por decenas de miles de visitantes que los hostigan y hasta los pescan –don Alberto no olvida cómo hace unos meses, un inescrupuloso pescador, con permiso federal, se llevó 25 hembras de tiburón toro que se reproducían apacibles en un estero-; que los últimos paraíso intocados de la zona, como la famosa isla de Holbox, ya están inmersos en proceso de “civilización” (una metáfora universal: la vida humana, tras su expulsión del estado de la naturaleza, por un irritado ángel con espada flamígera).
No siempre se soñó con estas pesadillas; como producen muchos millones de dólares, pareciera conformar para sus gestores un colapso remediable. Pero son muchos lo que piensan que no habrá ya retorno.
En el principio
El proyecto Cancún tiene una larga e importante gestación. Por encomienda del presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), los consultores del Banco de México, Enríquez Savignac y Pedro Dondé Escalante, se dieron a la tarea de explorar zonas potenciales para el turismo, ante la evidencia de que ese sector crecía más que otros en una economía en fase de transformación. En 1968 entregaron su informe, donde señalaron la pequeña isla enclavada al noreste de Quintana Roo. En 1969 se dio el visto bueno a la megainversión.
Los arquitectos Enrique y Agustín Landa Verdugo, así como Javier Solórzano, plantearon la primera traza del desarrollo (ver Cancún, fantasía de banqueros, de Fernando Martí, editorial Uno, 1985). Desde ese momento, comienza la adquisición de los terrenos y su promoción, tras superar el escollo de la desconfianza del siguiente presidente, Luis Echeverría Álvarez. La fundación de la ciudad, según el Diario Oficial de la Federación, es del 10 de agosto de 1971. En septiembre de ese año comienzan a fluir los créditos del Banco Interamericano de Desarrollo.
La isla sería la zona turística, conectada por puentes con relleno de materiales, y engrosadas sus dunas para abarcar enormes hoteles junto al mar; la ciudad contigua en el continente tendría máximo 20 mil habitantes.
La primera piedra del hotel Bojórquez, es puesta a mediados de 1972, pero el primero en operación fue el hotel Playa Blanca, en septiembre de 1974, totalmente subsidiado en sus servicios básicos y con fosas sépticas a la orilla del mar. El 8 de octubre de 1974, Quintana Roo se convirtió en estado de la federación.
“Yo llegué por primera vez a colonizar Cancún en 1974; venía de Jalapa, de cacería, pero me vine a hacer mi vida aquí completamente en 1978”, refiere don Alberto Frizione. Cancún “era el paraíso de todos los amantes de la naturaleza; se cazaba de todo, había mucho pavo, le tirábamos al tigre, al venado, al faisán, al tepexcuintle; veníamos a disfrutar de las bondades del mar, sacábamos caracol, tortugas y pescado; todo estaba marcado por la abundancia y parecía que no se nos iba a terminar…”.
En esa época había un pescador muy famoso “que le apodaban El Válvulas, Carlos García, fue el que descubrió a los tiburones dormidos y le avisó al legendario Ramón Bravo, que después hizo un documental de los tiburones dormidos, e Isla Mujeres se puso en el mapa de todos los buzos y los científicos del mundo […] llegábamos allí y El Válvulas agarraba a pescados gigantescos con un gancho, para que los visitantes lo vieran y ese día se lo comían…”.
Mientras la región cambiaba y gradualmente el desarrollismo crecía los negocios hoteleros y la pesca a expensas de los recursos, el señor Frizione siguió un proceso inverso, y renunció a matar animales; “de 25 años para acá ya no volví a matar nada, y me dediqué al medio ambiente, a cuidarlo, porque vi cómo lo estábamos deteriorando todos, a estos animales que se portaba tan nobles y tan inocentes con nosotros, que venían a ver qué estábamos haciendo, y les dábamos un arponazo o un tiro…”.
Pero recuperar la armonía ya era una historia perdida.
Recuento de colapsos
La severa modificación del entorno le pasó facturas al megadesarrollo turístico de Cancún, derivado del incremento de la carga de población y su huella ecológica a niveles muy superiores a la capacidad de los servicios ambientales.
El conglomerado humano que oficialmente tuvo cinco habitantes iniciales (Gabriel Garrido, Emilio Maldonado Gómez, Julia Baeza Chimal, Antonio Hernández y Rodolfo Leal), pasa a menos de quince mil en 1975, y en 1980, a 33,273, según el censo del INEGI; en 1990, registró 167,730; en 2000, 526,701, y en 2010, 661,176 habitantes. No es distinta la situación de Cozumel, Isla Mujeres, Playa del Carmen y Tulum, donde habitan actualmente más de 200 mil personas, cuando había 24 mil en 1980. De este modo, hoy tiene la zona más de 870 mil moradores.
Los efectos del crecimiento acelerado sobre zonas ecológicamente frágiles quedaron en evidencia con la llegada del primer meteoro: el huracán Gilberto, los días 13 y 14 de septiembre de 1988, con vientos de más de 320 kilómetros por hora, que arrasaron recintos hoteleros y residenciales, provocaron 40 muertos y una altísima deforestación.
Fue más grave lo que pasó 17 años después, con el huracán Wilma, del 20 al 22 de octubre de 2005, que destruyó todo el tendido eléctrico, cortó las líneas de agua potable, y arrasó con 11.5 kilómetros de playa, que fueron reconstruidas con 25 metros de anchura por grandes contratistas y a un costo de 215 millones de pesos, pero que desde entonces, obligan al gobierno federal a invertir cada año en mantener lo que la naturaleza ya no sostiene.
Para el poder económico que se beneficia de Cancún, se trata de la furia de los elementos y poco se puede hacer por evitarla. Para quienes observan 40 años de historia de un desarrollo que multiplicó por 50 sus previsiones de carga poblacional, que se masificó en términos de clientes, que privatizó bienes públicos y desplazó ecosistemas, como don Alberto Frizione, el error humano es evidente; la conclusión está curtida de escepticismo y permeada de desazón: desde que hay historia (esto es, el relato del devenir humano) ningún paraíso perdido pudo ser reconstruido.
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Las cifras
El impacto
600% Se ha multiplicado la población de Quintana Roo desde 1980. Hoy es de 1 millón 325 mil personas
11.5 Kilómetros de playas terminaron de erosionarse con Wilma, en 2005, efecto que permanece
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No hay “equilibrio responsable”
Al utilizar como bandera el patrimonio natural de la región, el desarrollo turístico de Quintana Roo debería generarse en medio de “un equilibrio responsable” en el uso de los recursos y garantizar su permanencia, pero el resultado está lejos de esa premisa, consideran los investigadores Eduardo Rubio Maldonado, Manuel Murad Robles y José Vicente Rovira Sanroque (Crisis ambiental en el estado de Quintana Roo, revista Argumentos, 2010, Universidad Autónoma Metropolitana).
“A la fecha, tanto el mar Caribe como lo humedales de toda la costa muestran síntomas de degradación ambiental. Estos frágiles ecosistemas son susceptibles de impactos, en parte por las condiciones oligotróficas y por el soporte económico”, señalan como ejemplo. En cada aspecto de la huella ecológica destacan que el crecimiento de la industria (turística) y la población, y sus elementos consumistas, tienen incidencia en la crisis de esta época.
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