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domingo, 17 de abril de 2011

Viaje por el sureste mexicano, la tierra de los baches



Breve crónica de un periplo carretero de 2,200 kilómetros sobre caminos de peaje. Las carreteras de cuota del país son variables en la calidad de sus servicios, cobran aranceles elevados, y no ofrecen la seguridad que demanda un viajero y que exigiría el pago de dinero por transitarlas


Jalisco-Quintana Roo. Agustín del Castillo, enviado. PÚBLICO-MILENIO. Fotografías de Marco A. Vargas: arriba, puente sobre el río Coatzacoalcos; en medio, autopista de Los Altos; abajo, carretera costera de la Riviera Maya

De Guadalajara, Cancún está tan lejos como Tijuana, sólo que en sentido contrario. Una ventaja para nada menor: un viaje por carreteras de cuota al sureste, en este México convulso, arroja una considerablemente remota posibilidad de tropezarse sobre la ruta con las actividades del crimen organizado, que tienen sumida en el caos la vida en el amplio norte del país.

No habrá en el trayecto, pues, retenes fantasmas, secuestros improvisados u homicidios impensados. En cambio, se topa el viajero con las carreteras de peaje llenas de baches y los daños consecuentes en la suspensión de los autos, la constante inseguridad de ir al lado de decenas de transportes de carga a toda hora, los amplios tramos donde se repara la carpeta asfáltica y es necesario ir a vuelta de rueda, los malos señalamientos, y como compensación, la sorpresa de un paisaje cambiante, desde las ruidosas y urbanizadas mesetas del centro de México, coronadas por volcanes silenciosos y una luna colosal en cuarto menguante, hasta los parajes tropicales que “subvirtieron” (Ramón López Velarde dixit) el petróleo y la ganadería, entre Veracruz, Tabasco y Campeche.

Serán 2,171 kilómetros que exigirán más de tres mil pesos de pago: 2,014 pesos de casetas más 1,200 pesos de gasolina magna en un automóvil compacto de cuatro cilindros, y la escala de dos noches para dispersar las poco más de 22 horas que demandaría cubrir ese camino sin detenerse.

Este es un breve relato de ida y vuelta.

De Guadalajara a Orizaba
Salida de Guadalajara, 23 de marzo a las 19.00 horas. Los Altos de Jalisco y El Bajío guanajuatense delatan las prósperas agroindustrias avícola, porcícola y bovina con los humores malolientes que invaden el aire. Estas autopistas son de calidad aceptable. Predominan las cuotas por arriba de 100 pesos hasta llegar a León, en que se comienza a recorrer un amplio tramo sin peaje que conduce a las autopistas de Querétaro, en la zona más transitada por transporte pesado del país.



Además de la majestuosa luna que parece más cerca que nunca de la tierra (¿será por eso que México significa “en el lugar del ombligo de la luna”, como dijo Gutierre Tibón?), las carreteras son anchas, y hay tramos hasta de ocho carriles; las obras evidencian que se están instalando pavimentos de concreto hidráulico, seis tantos más costosos que el asfalto, pero más adecuados para recibir vehículos de carga como los que esta noche dominan el tránsito previo a la Ciudad de México.

Delante de San Juan del Río, la gran opción es utilizar el llamado Arco Norte, una autopista de reciente construcción que con 160 kilómetros de longitud permitirá librar la capital del país en menos de hora y media, por módicos 265 pesos –debe ser la caseta más cara del país- y bajar al valle de Puebla, lo que ocurre alrededor de las 2.00 am.

El tránsito entre la capital poblana y su larga planicie transcurre llena de pequeños accidentes, entre señalamientos insuficientes de obras y la pereza invasiva de las enormes góndolas que encadenan los trailers y que ocupan los carriles de rebase sin que un policía federal se asome a meter orden.

Luego viene la bajada hacia Orizaba, en las cumbres de Maltrata, a un costado de la mayor montaña del país, el Cerro de la Estrella (Citlaltépetl) -que duerme cobijado entre tinieblas-; están los formidables túneles de la montaña, y luego la espectacular vista del cañón: una miríada de luces adornan los cerros y da la impresión de un inmenso anfiteatro poblado de seres fantásticos, luminosos, que se desploma gradualmente hacia el trópico veracruzano. Orizaba, ciudad prematuramente industrial en el corazón de este reino conquistado por el hombre, dará hospedaje a los viajeros alrededor de las 5.00 am.

De Orizaba a Ciudad del Carmen
24 de marzo. 13.00 horas, salida de Orizaba hacia el este, con dirección a Veracruz. En el entronque de La Tinaja se dobla a la derecha en dirección sureste, para seguir por más de 200 kilómetros paralelos a la costa del Golfo de México.

El viajero constata que la ruta por autopista hacia el sur está casi totalmente abierta… quince años atrás, eran necesarios amplios pasos por carreteras libres y hasta ocho horas de viaje continuo más para llegar a Cancún. No obstante, muchos tramos de autopista no parecen recibir mantenimiento constante, y como el conductor asume lo contrario, la caída en baches y pozos es más frecuente y ruidosa que en el altiplano. “No están tan mal”, contesta con cinismo el cobrador de peaje en la caseta de Acayucan, Veracruz, cuando se le reclama por qué se cobra tanto por tan poca calidad. “Viene lo peor”, añade cauto, buscando la complicidad de los quejosos, y señala hacia el extenso oriente con los grandes puentes colgantes que libran el anchuroso río Coatzacoalcos.

Estos triunfos de la ingeniería para atravesar ríos que parecen mares –en el Occidente mexicano no hay algo parecido- sólo hacen olvidar por unos instantes la carretera costosa y tortuosa, que entre Minatitlán y Coatzacoalcos tiene alguno de sus peores espacios. Al entroncarse la autopista que viene de Tuxtla Gutiérrez, en Choapas, mejora el estado de los pavimentos. Sigue entonces la ruta hacia Cárdenas y Villahermosa, donde el espectáculo son inmensos pastizales que ocupan el lugar de una antigua selva húmeda desmontada por lo delirios desarrollistas, y una que otra referencia de las colosales cabezas Olmecas, cultura indígena que colonizó hace casi cuatro mil años esta feracidad.

El viajero de paso sólo sufre al atravesar Villahermosa, que vuelve a emerger tras años de desastres, sin libramientos carreteros, y luego se dirige hacia Frontera, al norte de la entidad y de los Pantanos de Centla, que junto con la Laguna de Términos, forman el espacio de manglares más grande del país.

Las nueve de la noche sorprenden atravesando la delgada franja terrestre entre el golfo y ese embalse salino, en Ciudad del Carmen, sobre una carretera lamentable donde además, se matan decenas de animales silvestres por día, pues no hay pasos de fauna. La ciudad petrolera, con su dejo de prosperidad de nuevo rico, dará albergue a los visitantes al final de esta jornada.

De Ciudad del Carmen a Cancún
La mañana regala paisajes sorprendentes de Campeche junto al mar: playas de arena blanca, aguas turquesas, torres petroleras extrayendo la savia que mueve la economía mundial. Champotón con sus ecos de la conquista de hace casi cinco siglos, y la capital, la ciudad amurallada y sonriente que algo tiene de Veracruz y algo de Cartagena de Indias, son las siguientes estaciones. La planicie cada vez más árida conduce a la blanca Mérida, zona turística internacional que tiene de nuevo autopistas cuidadas… y de alto peaje.

Valladolid y Chichen Itzá son preámbulos para la segunda caseta más costosa del viaje: Xcan, de ¡233 pesos! El cobrador, tal vez harto de recibir el mismo reclamo, contesta con un casi indiferente, “no sé”, cuando se le inquiere sobre qué maravilla tiene esa rúa, que le cuesta tanto a los usuarios.



A pocos kilómetros están Cancún y sus historias frente al tibio mar Caribe, la Riviera Maya, Chetumal; y tras casi dos semanas, la ruta de regreso comenzará en el extremo suroeste de la península, en Escárcega, Campeche. Arrancando a las 10.00 am de un viernes 1 de abril, con escalas en las ruinas mayas de Palenque, Chiapas; en una solitaria gasolinera de Ciudad Mendoza, Veracruz, a la entrada del altiplano, y en la caseta de Jalostotitlán, en Jalisco, en busca de combustible.

Otro viaje lleno de trailers, torton y rabones; de baches y carriles reducidos; de un ascenso muy peligroso por Maltrata debido al mal estado de los asfaltos; de una multa de la Policía Federal en el Arco Norte, porque se descompusieron la luces traseras. Otra vez el cambio de paisaje, del trópico solar al cielo estrellado, sin olvidar las siniestras llamaradas de las torres de las refinerías petroleras en la noche de Tulancingo y de Salamanca, homenajes involuntarios a esta civilización. Serán otros 3,200 pesos, con aventura garantizada.

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Ruta Guadalajara-Cancún

CUOTAS

Caseta Zapotlanejo, 44 pesos

Tepatitlán, 100 pesos

Jalostotiltán, 118 pesos

León, 100 pesos

Salamanca, 61 pesos

Querétaro, 61 pesos

Palmillas, 63 pesos

Arco Norte Ciudad de México, 265 pesos

Entronque Puebla, 30 pesos

Amozoc, 49 pesos

Esperanza, 101 pesos

Fortín de las Flores, 23 pesos

Cuitláhuac, 81 pesos

Coamaloapan, 157 pesos

Acayucan, 146 pesos

Puente Dovalí, 14 pesos

Sánchez Magallanes, 56 pesos

El Zacatal, 65 pesos

Puente La Unidad, 56 pesos

Seybaplaya, 56 pesos

Pisté, 135 pesos

Xcan, 233 pesos

Total: 2,014 pesos

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Capufe admite problemas

Con aproximadamente nueve centavos de dólar por kilómetro recorrido, las carreteras de cuota que administra Caminos y Puentes Federales (Capufe) no tienen un nivel de cobro escandaloso, aunque hay de todo según se detenga el análisis en alguna de las 45 rutas a su cargo, señala el titular del organismo Federal, José Guadalupe Tarcisio Rodríguez Martínez.

El funcionario de origen jalisciense explica, vía telefónica, que el Capufe, si bien, es responsable de 54 por ciento de las carreteras de cobro del país, esto es, 4,200 kilómetros, en su mayor parte (39 tramos) está contratado por Banobras para operar las rutas, y no tiene directa ingerencia en el establecimiento de los peajes (que dependen de la Secretaría de Hacienda) ni en la relación que tienen con el mantenimiento.

Admite que algunos tramos que opera el organismo están en muy mal estado. Y en materia de la ruta Guadalajara-Cancún, explica que las carreteras del estado de Veracruz, especialmente, tienen aún problemas de calidad debido a los desastres meteorológicos que se vivieron en la zona durante el pasado temporal.

Rodríguez Martínez destaca que se busca mejorar la calidad física de muchas de las carreteras que corresponden a la administración directa del Capufe. En Jalisco son solamente la ruta Guadalajara-Tepic y la que conecta a Colima con la capital del estado.

lunes, 9 de agosto de 2010

La historia de un colono


PÚBLICO EN PRIVADO. Agustín Ángeles Fernández. Campesino del ejido Carolino Herrera. Foto: Marco A. Vargas

Uxpanapa, Veracruz. Agustín del Castillo, enviado. PÚBLICO-MILENIO

Este poblano de nacimiento vive en lo que alguna vez fue la selva húmeda más vasta de México, en el istmo de Tehuantepec –zona Olmeca de Veracruz–. Fue fruto de su larga búsqueda de tierra, desde los valles templados de Chicontepec, Puebla, donde nació, pasando por la feracidad tropical de Palma Sola, muy cerca de Poza Rica, donde residió antes de dar el gran paso.

Este 2010 cumple 82 años. Tenía casi 43 cuando divisó por primera vez las extensas llanuras pobladas de árboles gigantes de Uxpanapa: un mandato presidencial estaba a punto de generar una drástica transformación del paisaje y los recursos.

“Yo me vine en 1971, el dos de febrero, para conocer, pues nos dijeron que había tierras que el gobierno iba a repartir […] me vine después de otras personas que nos dijeron que se habían muerto porque se volteó una lancha en el río a la venida, y que fueron a dar hasta el mar. Pero no fue cierto, acá estaban todos. Un señor que se llama Facundo se trajo a muchos, pero la mayoría se regresó, no les gustó porque había muchos zancudos…”.

De hecho, tampoco había trabajo, y don Agustín, cuando empezó a pasar hambres, retornó a Palma Sola. También recuerda la fecha: 4 de abril de 1971. “Cuando llegué estaban enfermos dos hijos, entonces ya no me vine pronto, tuve que quedarme y todo el dinerito que tenía me lo gasté para que se aliviaran, tuve que vender la milpa, demoré cuatro años”. De salida, su patrón lo quiso retener; tenía un sueldo decoroso, buen trato, espacio y amigos para sus hijos. “Usted qué sabe si allá va a encontrar buenas gentes”, le espetó. Pero él estaba decidido a obtener su pedazo de tierra. Le prometió regresar si fracasaba. Ya han pasado casi 35 años.

En 1975 viajó con toda la familia. Ya existía la comunidad Carolino Anaya o “Poblado Dos”, según la ordenación territorial que hicieron los expertos planificadores del gobierno echeverrista. Todavía hoy, una calle lo separa del poblado Uno, la cabeza de playa de esta ambiciosa colonización.

Apenas empezaba el cambio. Llegó exactamente el 27 de octubre. “Estaba casi igual que cuando llegué en 1971, pero ya estaba el poblado, y pensé que ya no me iba a tocar tierra, pero vino un señor licenciado –ya ni recuerdo su nombre–, y nos ayudó como avecindados, porque se salieron algunos del grupo del ejido”.

Seguía todo el derredor “lleno de monte”, pero “estos compañeros los fueron tumbando de a poquito, conforme lo iban sembrando”. Más hacia el oriente, hacia la Laguna, donde hoy se ubica la cabecera municipal, llegaron máquinas para acelerar los desmontes, pues el gobierno reubicó a miles de chinantecos para edificar la presa Cerro de Oro, en Oaxaca.

La radical transformación hizo que miles arribaran a vivir a un entorno difícil. Hoy están relativamente bien comunicados por una carretera pavimentada, por fin cuentan con muchos servicios básicos, pero el sueño de una agricultura tecnificada y de copiosas cosechas no se realizó. “La mayoría vive de su ganadito, y la falta de árboles nos da calor y hace que llueva menos”, explica el viejo mientras se sacude un insecto de su vestimenta de manta y se acomoda el sombrero de palma. Luego sigue por las calles aún de tierra del poblado Dos.

domingo, 8 de agosto de 2010

Las tragedias de Uxpanapa


Una inmensa ceiba en medio de una zona de cultivo, testimonio de la persistencia de la naturaleza, en el camino del poblado Catorce a San Francisco de la Paz. Abajo, dos aspectos de la selva aún virgen en los Chimalapas




La deforestación no impide la presencia de especies salvajes como el águila pescadora de la foto inferior


Un agresivo programa de colonización devastó las selvas del istmo. La región, que prolonga hacia el norte la gran selva de los zoques, fue escenario del fracaso de un experimento colectivista sustentado en la destrucción de vastos bosques tropicales húmedos

Uxpanapa, Veracruz. Agustín del Castillo, enviado. PÚBLICO-MILENIO. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS

"Seamos realistas, hagamos lo imposible”, dice todavía hoy, en lenguaje revolucionario, altivo y mesiánico, el corroído letrero enclavado sobre la carretera que lleva de La Esmeralda a los poblados numerados —del uno al quince, con racionalidad casi soviética—, evidencia del prematuramente avejentado experimento colectivista de Uxpanapa.

La región es una antigua selva húmeda transformada en páramo en menos de un lustro por los visionarios planificadores del gobierno de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), que soñaban con establecer un Jauja que le daría soberanía alimentaria al país y, de paso, demostraría que los indígenas podían ser el “hombre nuevo” indispensable para una economía planificada, centralizada, sin visos de individualismo y controlada desde las burocracias gubernamentales.

Pero estos ecosistemas tropicales tienen suelos delgados, precarios, aunque aparenten otra cosa con la enorme y lujuriante masa forestal que sustentan: no son los más aptos para la producción agropecuaria. El otro pero es que los indígenas tienen cultura propia y una milenaria visión de mundo, y no iban a ser vacíos, pasivos y obedientes receptores de las doctrinas del progreso, de las cuales siempre han desconfiado.

No considerar estos dos elementos explica lo que pasó a partir de 1974 en la parte norte de las grandes selvas del istmo de Tehuantepec.

“El extraordinario desarrollo de la vegetación ha señalado al trópico como poseedor de una gran fertilidad en sus suelos. Sin embargo, son más pobres y frágiles que los de las regiones templadas. Esto se debe principalmente a que las selvas o bosques en zonas cálido-húmedas no pueden aumentar por sí mismos la cantidad de humus en sus suelos. Existe ahí un equilibrio constante entre la producción de materia orgánica —la cual constituye el humus— y la asimilación de la misma. Si se altera el equilibrio ecológico, se degeneran la vegetación, los suelos y los ciclos del agua; el daño puede ser irreversible, y hay casos de zonas selváticas que llegan a transformarse en verdaderos desiertos…”, señalaban en 1988 Miguel Székely e Iván Restrepo (“Frontera agrícola y colonización”, Centro de Ecodesarrollo), a propósito del “milagro de Uxpanapa”.

No obstante, lo imposible se hizo. En un programa de reubicación de quince mil indígenas chinantecos que perdieron sus asentamientos por la edificación de la presa Cerro de Oro, Oaxaca, se estableció una nueva geografía regional: red de caminos, caseríos, tuberías, calles, drenajes, electricidad, escuelas y clínicas. Muchos de los colonos fueron transportados por aire a zonas secularmente inaccesibles. Y se comenzó el desmonte. Primero, con los instrumentos artesanales de los propios indígenas; después, con maquinaria pesada. “Ponían unas largas cadenas y las jalaban entre dos vehículos muy grandes, como orugas, y se llevaban palos de más de 30 metros”, explica don Luis Cayetano, un habitante de El Seis (La Laguna), mientras muestra al forastero la inmensa llanura con ganado, cultivos y casas que se abre frente a sus ojos, donde hace poco tiempo había una soledad de bosques y fieras.

Además de la migración planificada de chinantecos, se alojaron numerosos ejidos mestizos y de otras etnias, y todavía en los años ochenta se recibió una migración zoque de Chiapas, expulsada por la erupción del volcán Chichonal, que ocuparon los espacios más serranos y aislados.

La selva se redujo, y se vivieron los efectos que siempre encuentra la sabiduría campesina. “Nosotros vimos que al acabarse los árboles se fue acabando el agua y el clima se amoló. El gobierno nos mandó en los últimos tiempos plantas para reforestar, pero no pegan, porque están muy tiernas y, aunque les echan agua con abono, se acaban… nomás lo que nace solito sí crece”, advierte don Agustín Ángeles Fernández, morador del Poblado Dos.

A 40 años, diversos estudios hablan de la pérdida de 200 mil ha de las selvas más importantes del país, pero sobreviven alrededor de 60 mil ha, que mantienen vida silvestre y conectividad con el gran macizo de Los Chimalapas, en Oaxaca, y con la reserva de la biosfera de El Ocote, en Chiapas.

Esto es el “milagro de Uxpanapa”.

La tierra prometida

En 1971, el gobierno echeverrista integró la Comisión Intersecretarial de Nuevos Centros de Población Ejidal (Coince). “En los programas del Coince se tenía al sureste como posible granero de México”, pues se destacaba que tenía grandes extensiones de tierra inexplorada, fértil y con grandes potenciales, apuntan Restrepo y Székely. “Por la exuberancia de la vegetación tropical, esas tierras podían ser mecanizadas para expandir y diversificar la superficie agrícola nacional” y sacarla de su atraso, pobreza y aislamiento. También se reducirían el déficit de alimentos, el rezago agrario, la migración a las ciudades y el desempleo.

Así nacen, junto con Uxpanapa, otros proyectos como Los Naranjos (Veracruz) y Tenosique (Tabasco). Y, en ese mismo espíritu, en Jalisco se arrasaron 35 mil hectáreas de una selva mediana y baja para abrir la llanura costera de Tomatlán a la producción, irrigada por la presa Cajón de Peña (inaugurada en 1975), que sigue subutilizada.

Uxpanapa era la joya de la corona. Un testigo del proyecto en sus tiempos de ejecución describe: “La madera utilizable era cortada y sacada en camiones. Los árboles restantes, muchos de los cuales medían 30 metros de altura, fueron arrancados con cadenas y arrastrados por tractores, arrojados a la yerba seca y quemados. La tierra se limpió hasta quedar como una cuadrícula de campos de 20 hectáreas cada uno, rodeado con un rompevientos. La basura fue enterrada con pesados arados de disco y la tierra fue sembrada de arroz y maíz. En 1976 fue el primer año que se intentó producir en esa área y más de nueve mil ha fueron sembradas […] las primeras fases del ciclo habían progresado con una facilidad impresionante. Las semillas habían sido sembradas con tractores y desde aeroplanos. A intervalos regulares se habían aplicado fertilizantes, así como insecticidas y fungicidas para controlar plagas y enfermedades”, dice Peter T. Ewell, del Instituto Nacional de Investigaciones sobre Recursos Bióticos (Inireb), en un artículo denominado “Agricultura moderna en la selva tropical”.

No obstante, agrega, se acumuló poco a poco frustración tras frustración: una plaga de hongos, la piricularia del arroz, había dañado una parte importante de la cosecha. Las lluvias no habían cesado, y las trilladoras, “diseñadas en Estados Unidos para condiciones bastante diferentes, no trabajaban bien”. La abundancia de nitrógeno aplicado y el que quedaba del desmonte hacían crecer las plantas de arroz más de lo común. Las máquinas cosechadoras requerían espacios drenados y libres de agua y malezas. Una vara que sobrara del último desmonte podía inutilizarlas por más de medio día.

Su visita es en 1977. “En Oaxaca todos [los campesinos] habían trabajado siempre a mano en un máximo de tres ha; aquí cada familia tenía 20 ha. Tenían la oportunidad de ganar más dinero que nunca y la responsabilidad de proporcionar alimento de grano básico para México”, les decían los burócratas a los chinantecos. Éstos protestaban por la lejanía de sus casas, lo largo de los traslados, el bajo pago por kilo cosechado, el alto costo de la comida.

Los funcionarios con que viajaba Peter estaban frustrados: “No podían entender por qué los indios no se hacían responsables, por qué todo se les tenía que hacer. Se les había tratado con todas las consideraciones desde que habían sido traídos al Uxpanapa por barco y por helicópteros hacía tres años. El gobierno había invertido millones de pesos en caminos, infraestructura, desmonte y crédito, para que un grupo que había vivido en la pobreza pudiera convertirse en miembros [sic] de una comunidad próspera”.

El observador describe la transformación del paisaje: “La primera impresión era sorprendente: el orden imponiéndose sobre la naturaleza. La selva había sido empujada hacia atrás en una línea dispareja, mostrando la tierra roja y piedra caliza blanca…”.

Después asiste a una reunión entre agentes del gobierno y ejidatarios: “El maíz estaba desarrollándose de manera pobre y dispareja; esto, dijo el agrónomo, era realmente culpa de ellos [los campesinos] por no haber seguido las instrucciones sobre fertilización. Es un error común de los campesinos esperar a que las plantas midan 20 centímetros antes de aplicar el nitrógeno; en este clima es importante hacerlo antes para que las plantas se desarrollen con fuerza…”.

Se estaba gestando una Unión de Ejidos, que, según los agentes del gobierno, debía ser pronto una potencia económica nacional, con un sistema colectivo, grandes créditos y alta capacidad de venta, le dijeron a los ejidatarios reunidos. “…los ejidatarios permanecieron callados un momento. Luego, un hombre de unos 40 años se puso de pie […] dijo que a muchas de las personas no les gustaba el sistema colectivo […] algunas personas eran flojas y se aprovechaban de los que trabajaban”.

El agrónomo de la Comisión del Papaloapan le respondió que estaban mal acostumbrados, que los campesinos siempre se toman las cosas con calma. “México nunca progresaría así. Deben asumir la disciplina de la responsabilidad…”.

El observador del Inireb termina su descripción con una visita a un ejido integrado por totonacas que se sumaron a la ola colonizadora. “Los primeros años fueron muy duros: no había escuelas ni doctores, y el río era intransitable dos o tres meses”. Ahora se les pedía integrarse a un poblado chinanteco, pero “habían invertido tremendas cantidades de tiempo y energía en desmontar la tierra y plantar sus huertos, y no querían vivir entre extraños con un idioma y costumbres diferentes”.

El visitante también descubre que las variedades de maíz que sembraban los indígenas eran más resistentes que las híbridas que imponía el gobierno: “Eran mucho más resistentes a diversos problemas: se daban mejor en tierras que habían sido desmontadas a mano en lugar de con máquina, y rendían más que los híbridos”, le informaron.

La Comisión del Papaloapan, entidad gubernamental responsable, fue acusada en los años 80 de ecocidio, de favorecer contratistas de forma irregular con mares de presupuesto público y de la “destrucción sistemática de una cultura india”. Así se realizó la hazaña de lo imposible.

La vida que no renuncia
Don Agustín refiere que cuando él llegó a radicar, en 1975, al Poblado Dos, fue famosa la historia de una campesina que murió atacada por un “tigre” (jaguar). “Dijeron que en un poblado que se llamaba 24 de Febrero mató a una señora, pero fue hace mucho; desde entonces, lo que atacan son a los animales [el ganado]”.

Porque estas tierras, tras el colapso colectivista, se han vuelto ganaderas. Y de forma agresiva se mantienen abiertos los potreros, se talan y queman árboles, y se persigue a la fauna “dañera”.

En San Francisco de la Paz, al final del camino que comienza en La Esmeralda, y donde de Veracruz se vuelve a internar a Oaxaca, son actuales las tropelías del “tigre”.

“Hace como ocho o diez meses un tigre me mató un becerro como de 240 kilos; aún estaba mamando, se reconoce que la vaca peleó con el animal pero éste es muy ágil, y la tumbó a una barranca y la dejó hincada… yo mandé dos perros y se los fregó, aunque no los mató, pero, cuando ya pude ir, le había comido una buena parte a la vaca […] hace cuatro meses dicen que volvió a matar otra, es una hembra que anda parida y anda haciendo mucho daño”, explica José Montero García, comunero de la congregación.

Los investigadores de vida silvestre han detectado una adaptación casi milagrosa de los tapires, el mayor animal silvestre de tierra en México, para evitar a las panteras: se mezclan entre el ganado. Y, como están más habituados a enfrentar a la fiera, a los rancheros les gusta esa costumbre, que beneficia a sus hatos.

Quién pensaría que, a 40 años de depredación, algo quedaba en la región de Uxpanapa, al norte de la selva zoque. Pero la bióloga y genetista estadunidense Jennifer White, de la Universidad de Washington, ha estado cuatro meses el último año en la zona. “El principal problema es el cambio de uso de suelo, pero queda mucha vida: vi un mono araña, un tapir pequeño, mucha gente con pericos o monos como mascotas […] me sorprende que, aunque esté prohibido, para las personas sea algo común capturarlos y llevárselos de la selva”, explica.

La idea es rescatar lo que queda y, en un trabajo que encabeza la Universidad Veracruzana, proponer un área natural protegida.

Parece tarea de titanes. Pero el proyecto Uxpanapa nació entre aromas de utopía, como lo dice su eslogan revolucionario en una carretera vetusta, a la entrada de la selva extinta: “Seamos realistas, hagamos lo imposible”.

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México: las selvas en retirada

La vegetación tropical es la más presionada y devastada de México en el último siglo. Ignorando que es el ecosistema que tiene los mayores reservorios de carbono del planeta, las políticas de colonización han sido agresivamente destructivas de selvas húmedas y subhúmedas en el golfo de México, así como de selvas bajas o secas en la vertiente del Pacífico, donde se incluye a Jalisco.

“La zona tropical húmeda es el ecosistema que presenta el índice de deforestación más alto del país, pues en la actualidad sólo se cuenta con 10 por ciento de la selva originaria de México”, apunta el investigador Gonzalo Flores Mondragón (“La biodiversidad terrestre de México y el istmo de Tehuantepec”). Se calcula que a comienzos del siglo XX había de 200 mil a 220 mil kilómetros cuadrados de estos ecosistemas, de los que ahora hay apenas alrededor de 20 mil km2 (la cuarta parte del territorio de Jalisco o cuatro tantos el de Colima, aproximadamente).
La destrucción se dio de forma sistemática, de norte a sur. Y además de las colonizaciones y, en especial, la ganaderización, están los hallazgos de yacimientos petroleros como detonadores de los cambios. La Huasteca, entre San Luis Potosí, Veracruz, Hidalgo y Tamaulipas, que fue la selva perennifolia más al norte del planeta, hoy apenas conserva reductos de sus viejos esplendores, pues se ha convertido en 90 por ciento a la actividad agropecuaria y el comercio. En esta zona nació la industria petrolera mexicana (Ébano, SLP). Luego la reducción drástica se vivió en Veracruz hasta llegar a las selvas de istmo y a la Lacandona, todas víctimas de grandes proyectos de infraestructura y de dotaciones agrarias desmedidas.

La devastación de las selvas bajas las ha reducido a 35 por ciento de su superficie original, y continúan siendo altamente perturbadas pese a ser los espacios silvestres más ricos en endemismos (especies exclusivas) que tiene el país.

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CLAVES
El daño

La devastación de la selva zoque en Uxpanapa puede ser uno de los expedientes de destrucción ambiental más importantes en la historia moderna de México. Las fuentes más conservadoras calculan 80 mil hectáreas desmontadas, hasta autores que señalan que los desmontes del proyecto colonizador alcanzaron 200 mil ha.

El gobierno echeverrista, y posteriormente el de López Portillo, pretendieron que el desarrollo de las selvas fuera el arranque de un emporio agrícola de impacto nacional.

Hoy, restan apenas 60 mil ha de selva en Uxpanapa, en un municipio que está entre los 500 más marginados del país.

lunes, 3 de mayo de 2010

Restaurar ecosistemas, carrera contra el tiempo





Organismo de agua de Veracruz financiará la conservación del Citlaltépetl; junto con un parque hermano, Río Blanco, se gestiona la escasez. El Fondo Ambiental Pico de Orizaba nació con el objeto de rescatar la zona. En las gráficas, tres aspectos de la región: abajo, el Pico escoltado por la famosa Sierra Negra; en medio, el cañón del río Blanco, arriba, huellas de devastación en el lado veracruzano. FOTOGRAFÍAS DE MARCO A VARGAS

Orizaba, Veracruz. Agustín del Castillo / enviado. PÚBLICO-MILENIO. Edición del 15 de abril de 2010


Le llaman “los quinientos escalones” y es una de las maravillas que esta ciudad fabril de larga tradición ofrece a sus visitantes: el río corre en la profundidad de una barranca llena de verdores a la que se desciende por la larga escalinata construida al borde del acantilado hace más de un siglo, para comunicar la hidroeléctrica del río Blanco con Orizaba.

Se dice que la tirolesa tendida sobre el cañón es la más larga de México. Pero abajo, también se puede atravesar la corriente fluvial por un viejo puente en forma de semiarco, construido con una armazón de hierro y piso de madera, que lleva hacia los contrafuertes de la represa. Allí se asoma sordo el rumor del agua, cuya calidad se ha degradado por la falta de una política que minimice los costos ambientales ocasionados por el desarrollo económico centenario.

“El río Blanco nace aquí atrás en Taza de Agua, y a sólo seis metros de que nace ya están vaciándole aguas negras; imagínate todo lo que se está perdiendo; no hay un ordenamiento para la construcción y de cómo van a organizar los asentamientos y las industrias […] es uno de los ríos más contaminados del país”, señala Rodolfo Hernández Guzmán, empresario ecoturístico.

Esta cuenca se extiende al sur y sureste del Citlaltépetl, y nace en Cumbres de Acutzingo, en la sierra de Zongolica, aunque hay aportaciones importantes de cumbres de Maltrata, que para algunos es el extremo sur del complejo volcánico. Lo cierto es que la administración de estas dos áreas protegidas federales recae en el mismo personal de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp), lo que acentúa la precariedad de sus posibilidades de incidir en mejorar sensiblemente el estado de cosas.

“Nos sentimos simples repartidores de dinero de los apoyos que se dan a los pobladores en los diversos programas; no estamos desempeñando funciones de vigilancia y preservación de los recursos, ni apoyando la generación de conocimiento; ni siquiera existe un programa de conservación y manejo para dar legalidad a las acciones más indispensables de la administración del área”, reconoce apesadumbrado uno de los empleados federales.

Los numerosos poblados desperdigados por la cuenca, cercada por montañas inmensas, se delatan durante las noches si se recorre la autopista México-Veracruz desde Maltrata hacia la ciudad de Córdoba, en un descenso de más de mil metros: las luces brotan en los recovecos más alejados de este vasto anfiteatro donde el mundo frío de la meseta poblana se metamorfosea a la lujuria del trópico.

El espectacular paisaje es entonces un diagnóstico eficaz de los males: cerros deforestados, aguas contaminadas, tierras erosionadas, animales silvestres exterminados y mucha población humana en situación marginal.

La buena noticia en este entorno de devastación que comparten la montaña nevada y la cuenca es la creciente preocupación de empresas con viejo arraigo en la zona, por cambiar condiciones para mejorar las oportunidades de que la naturaleza se recupere.

Así nació hace casi cinco años el Fondo Ambiental Pico de Orizaba (FAPO), que preside el empresario Édgar Chaín Trueba, con un capital semilla aportado por su empresa Talleres y Aceros, enclavada en Orizaba; por la Fundación Pedro y Helena Hernández, de la ciudad de México, así como dos fábricas más asentadas en el área: Tubos y Aceros de México (Tamsa) y Cervecería Cuauhtémoc-Moctezuma.

Su intención fundamental es rescatar el Pico de Orizaba, aunque hay negociaciones con la Conanp para que también invierta en proyectos de restauración del río Blanco.

“Uno de nuestros grandes donantes, que además es un ejemplo a seguir a nivel nacional, es el Sistema de Agua y Saneamiento de Veracruz-Boca del Río-Medellín, que nos está aportando recursos provenientes de un pago voluntario de los ciudadanos equivalente a 1 por ciento de su recibo por agua, dinero que están destinando a una forma de pago por servicios ambientales para garantizar el ciclo hidrológico, principalmente en el Pico de Orizaba, en la cuenca de Jamapa-Cotaxtla, que son los ríos que abastece en lo fundamental al puerto”, señala Alberto Labastida, director del FAPO.

Esta cantidad de dinero es aproximadamente de 2.1 millones de pesos que llegan por primera ocasión en 2010.

A esto se agregan 2.5 millones de pesos del FAPO, “la Conanp trae tres millones de pesos, nuestros asociados traerían otros cinco millones de pesos, y si entramos a fondos concurrentes pensamos que podríamos promover que la Comisión Nacional Forestal invirtiera otros cinco millones de pesos por servicios ambientales, en una perspectiva de uno o dos años”, añade.

Son recursos que se deben canalizar, en la montaña, a reforestación, a prevención y combate de incendios y plagas, a reintroducción de especies como el venado cola blanca, a obras de restauración de suelos, a ecoturismo, a silvicultura sostenible y las variedades de opciones que deben generar una economía similar a la que sustenta la devastación de los ecosistemas. En las partes bajas, se necesitan además plantas de tratamiento y un intenso ordenamiento territorial, añade Héctor Rojas, responsable de la administración de las dos demarcaciones.

Así, es larga la cuesta que se debe desandar para recuperar este “edén subvertido” (Ramón López Velarde).